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Alfonso Ros Campos

Cartagenero, de la cosecha del 63, funcionario en la Universidad de Murcia y sindicalista.

Sobre este blog de Sociedad

La actualidad de nuestra Administración y la cruda realidad en la que desarrollamos nuestro trabajo las Empleadas y Empleados Públicos, desde un punto de vista irónico, malintencionado y totalmente subjetivo


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  • 04
    Octubre
    2013

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    LA LECHE

    Tengo un problema de la leche o mejor dicho, un problema con la leche (ya saben, esa que antes era blanca y en botella). Les explico mi problema, que en el fondo, es más una duda existencial, sobre qué decisión tomar de cara a mi alimentación y qué repercusiones puede tener esa decisión en mi estado de salud.

    Me pasa lo mismo que les pasa (o les pasará) al resto de individuos e “individuas” que componemos la denominada Humanidad, que conforme pasa el tiempo, adquiero conocimientos, experiencia y templanza, pero también años, arrugas, canas, y dolores varios.

    Lógicamente, me preocupan las “abolladuras en la chapa” porque siempre he sido un gran admirador de la estética, pero cuando hablamos de mecánica, del funcionamiento del motor, de la pérdida de potencia y de todo lo relacionado con la salud, no sólo me preocupo, es que me entran temblequeras.

    Reconozco que me he cuidado poco a lo largo de mis cincuenta abriles (lo pongo en letra para que se note menos la edad). He bebido (moderadamente), fumado (desmesuradamente) y comido lo que me ha dado la gana (de lo otro que están pensando, como todos y todas, “lo que se ha podido”) y ahora, me tocará pagar peaje.

    El caso es que, como desde hace años, no tomo más leche que la que lleva el queso, la poca que puedan poner en el cortadito o la leche condensada de los asiáticos y no quiero que esta mala alimentación me puede pasar factura a los huesos (ya saben, por lo del calcio), la semana pasada decidí ampliar mi oferta papilar y tomar uno o dos yogures diarios. Más me valdría no haber pensado tanto, porque con esa decisión, comenzaron mis dilemas.

    Independientemente de la marca elegida, que lo tengo superado, porque pertenezco a esa generación que pedía en la tienda los “danones de yoplait” y nos quedábamos tan panchos, mi primera duda surge en tener que decidir si lo tomaría “blanco” o “de sabores”.

    Al principio, me decidí por los sabores, ya que la oferta prometía (fresa, limón, plátano, piña, coco…), pero al acercarme a la estantería del “súper”, me dí cuenta de que la cosa no era tan fácil: ¿Por qué sabor empezamos? ¿Con trozos o sólo de sabor? ¿Frutos rojos o frutas del bosque?

    Rápidamente, cambié de idea y decidí descartar los sabores y los tropezones, pero mi calvario no había hecho más que comenzar. Ahora tocaba decidir entre líquido (más rápido de tomar), griego (más espeso) o normalito (el de toda la vida), decidir si lo quería azucarado, edulcorado o “a pelo” (para echarle yo el azúcar que me diese la gana), si quería no engordar (tomando el desnatado), o si me volvía extremista y optaba por el de 0 % en grasa.

    Pero aquí no acaba la cosa, también tenía que pensarme si, ya de paso, aprovechaba y conseguía “más beneficios para mi salud”, tomando el que lleva cereales y fibra incorporados (para ir más regularmente al baño), el que incorpora “esteroles vegetales” (para reducir el colesterol), soja (que es buena para todo), frutos secos (por lo de la dieta mediterránea), bífidos o L-casei (que al parecer, son buenísimos para no resfriarse), o si necesitaba aporte de minerales (una amplia variedad) y vitaminas, A, C, E y D (esta última para favorecer la absorción de Calcio). Jolín, ¿Por qué no inventan un “yogurt completo” que lleve de todo?

    En conclusión, que allí estaba yo, mirando las estanterías, las distintas marcas, las especificidades de cada uno, los colores, los sabores y toda la parafernalia publicitaria que llevan consigo los yogures, y sin decidirme. Al final, voy a tener que darle la razón a mi amigo, que siempre dice que en otras épocas vivíamos mejor y teníamos menos complicaciones. Al menos, cuando queríamos un yogurt, abríamos la nevera y cogíamos el que había, el normal, blanco, sin azúcar y en frasco de cristal.

    Finalmente, como ya me estaba quedando helado (qué frío hace en la zona de los yogures), tomé una decisión cómoda y rápida: Cogí un paquete de flanes de huevo (estaban de oferta), los eché a la cesta y sin mirar atrás (por si acaso), me dirigí a pagar a la caja. Reconozco que la experiencia me ha marcado y sigo teniendo remordimientos de conciencia. ¿Habré elegido lo correcto? ¿Se resentirá mi salud por la decisión que he tomado? ¿Debería haber consultado previamente con mi médico o mi farmacéutica? Tiempo al tiempo, pero creo que a partir de ahora, voy a optar siempre por los que estén de oferta, que no está la cosa para bromas.

    Besos

     

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