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Alfonso Ros Campos

Cartagenero, de la cosecha del 63, funcionario en la Universidad de Murcia y sindicalista.

Sobre este blog de Sociedad

La actualidad de nuestra Administración y la cruda realidad en la que desarrollamos nuestro trabajo las Empleadas y Empleados Públicos, desde un punto de vista irónico, malintencionado y totalmente subjetivo


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  • 11
    Noviembre
    2013

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    FOROFISMO Y TOPICAZOS

    Como hemos comentado en innumerables ocasiones desde esta columna de opinión, vivimos en un país de tópicos y de extremos, donde declararse favorable a algo, implica necesariamente ser enemigo acérrimo de la opción contraria, principalmente, cuando hablamos de política, deporte o religión. La misma vehemencia que utilizamos para defender nuestras ideas, la reorientamos para rebatir las alternativas y muchas veces, caemos en sinsentidos difícilmente justificables.

    Si la derecha utiliza la bandera española como estandarte, yo, que soy de izquierdas, reniego de ella. Si la izquierda defiende los servicios públicos, yo, como soy de derechas, los critico. Si soy sindicalista, cargo contra los empresarios, si soy empresario, contra los trabajadores. Como los de derechas van a misa, yo me declaro ateo. Como soy del Real Madrid, quiero que el Barça pierda hasta en los entrenamientos. Y así podríamos seguir poniendo ejemplos y ejemplos de situaciones cotidianas, que demuestran ese exceso de forofismo tan nuestro.

    El problema se agrava cuando nos damos cuenta que ya no hablamos sólo de un sentimiento personal, sino que es la misma sociedad la que nos impone sus tópicos. Si eres de izquierdas, no puedes ser católico, llevar la bandera de España o defender la iniciativa privada. Si eres de derechas, tienes que criticar a los funcionarios, a los sindicalistas y a cualquier símbolo que huela a nacionalista. Como te desvíes lo más mínimo del tópico fijado, pasas a ser una mezcla rara, sin encaje social.

    Añadamos a estas circunstancias la demagogia que tanto nos gusta utilizar, sobre todo, cuando estamos entre amigos, hablando de política, de economía o de lo que toque en ese momento para “salvar el país”. Siempre sale un listo (o una lista), dispuesto a criticar las comilonas que se pegan los sindicalistas, las juergas (con copazo incluido) de determinados políticos o las cervezas que se tomaron después de asistir a una manifestación. ¿Están prohibidas? ¿No las pagaron con su dinero? ¿Usted puede permitirse ciertos lujos y ellos no? ¿El marisco es incompatible con ser de izquierdas?

    Algo parecido ocurre cuando oímos criticar que determinado político (o política) de izquierdas, que va por la vida de progresista y tanto defiende la enseñanza y la sanidad públicas, lleva a sus hijos/as a un colegio privado o se ha operado en una clínica privada. ¡Anatema! ¡Que lo echen del partido! Al parecer, no se pueden defender unos servicios públicos de calidad sin renegar de la iniciativa privada.

    No entiendo que sea incompatible un derecho individual, como decidir libremente en qué gastamos nuestro dinero, con defender los servicios públicos como garantía de que cualquier ciudadano/a, independientemente de sus recursos económicos o su posición social, pueda optar a una serie de servicios comunes, de calidad y gratuitos.

    Un gran amigo, muy concienciado socialmente y con las ideas muy claras, me ponía un ejemplo para explicar esta situación: “El Estado debe garantizar que tengamos autovías seguras, de calidad y gratuitas, para que todos podamos circular por ellas. Luego, si algunos deciden utilizar la autopista de peaje, porque les resulta más cómodo y lo pagan de su bolsillo, mejor para el resto, porque circularán menos coches en la autovía y viajaremos más tranquilos”.

    El verdadero problema es cuando la iniciativa privada compite con los servicios públicos, cuando “interesa” un mal servicio para captar clientes privados y cuando determinados políticos utilizan su posición de poder para influir en ello, perjudicando y debilitando lo público y desviando fondos a la iniciativa privada. Que determinado político se opere en una clínica privada o lleve a sus hijos a un colegio de pago, nos debe preocupar poco, porque como diría mi amigo, “Más desahogados estaremos el resto”. Que los tópicos no nos oculten la realidad.

    Besos

     

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