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Blog El Blog del Funcionario - Alfonso Ros Campos

Alfonso Ros Campos

Cartagenero, de la cosecha del 63, funcionario en la Universidad de Murcia y sindicalista.

Sobre este blog de Sociedad

La actualidad de nuestra Administración y la cruda realidad en la que desarrollamos nuestro trabajo las Empleadas y Empleados Públicos, desde un punto de vista irónico, malintencionado y totalmente subjetivo


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  • 24
    Agosto
    2013

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    CUESTIÓN DE TAMAÑOS

    Hoy me he planteado el reto de escribir algo que no tenga nada que ver con la política, ni con los recortes, ni con Bárcenas, Rajoy o la financiación del PP, que estamos en verano (algunos de vacaciones) y ya aburre tanto politiqueo. A ver, ¿De qué podemos hablar sin cansar al personal?

    Ya lo tengo, vamos a plantear una reflexión sobre la evolución del matrimonio en relación con la cama (aviso a las mentes calenturientas que el tema no tiene nada que ver con lo que están pensando).

    Comenzamos: Durante la época de novios y los primeros años de matrimonio, dormimos donde sea, en camas estrechas, como mucho de "cuerpo y medio" o de “uno-treintaicinco”. Qué felicidad notar tu cuerpo en contacto con el mío, qué dulzura dormir abrazados (principalmente para no caernos de la cama, aunque eso, no solemos decirlo), y notar tu respiración en mi cuello (o en el cogote, dependiendo de la postura elegida)…

    Con el tiempo, la cosa se enfría, por lo que, aprovechando que el colchón está muy usado y hay que renovarlo, empezamos a plantearnos también un cambio de cama, por una que sea un poco más grande (“uno-cincuenta” o “dos-por dos”). Tenemos espacio suficiente en la habitación. Así, cuando queramos abrazarnos (o lo que estás pensando), nos juntamos y a la hora de dormir, cada uno a su lado… que no hace falta estar tan pegados, con lo que sudas en verano. Además, cuando nos demos la vuelta en la cama, no chocaremos y así evitamos posibles accidentes… ¿Van notando el cambio?

    Pasan los años y el tema se va agravando. Ya nos vuelven a parecer demasiado pequeñas las distancias y surgen los primeros reproches: Es que tú eres muy caluroso (o muy friolero) y cuando tienes calor, nos destapas a los dos, por lo que yo me congelo de frío (o en su caso, me cuezo de calor cuando me tapas porque tú tienes frío). ¿Por qué no cambiamos el edredón de matrimonio por dos individuales? Así, el que tenga frío puede taparse y el que tenga calor, pues que se destape, pero sin molestar al otro…

    Al poco tiempo, como se veía venir tras el cambio de edredones, el problema crece y hay que buscar nuevas soluciones: Es imposible hacer la cama de matrimonio con dos edredones, además, el tuyo cae encima del mío y cuando te das la vuelta me destapas ¿Por qué no cambiamos la cama de matrimonio por dos individuales "junticas"?...

    Ya tenemos dos camas juntas y dos edredones juntos. Ahora toca separar las camas: Es más fácil para limpiar debajo y para hacer las camas, que estén separadas. Además, cuando te das la vuelta, como estamos tan juntos, me das codazos, así es que mejor separar las camas y si queremos o nos apetece, las juntamos un ratito (ya me entiendes)…

    Pasan unos años y el proceso continúa con su evolución de manera inexorable: Te quedas hasta las tantas leyendo en la cama y la luz me molesta. ¿Vas a dormir con la ventana abierta?, con la luz que entra. Roncas muy fuerte y me despiertas ¿Cómo cierras (o abres) la ventana, con el calor (o el frio) que hace? Apaga el aire acondicionado, que gasta mucho y tengo frío

    La solución aparece sola, como por encanto: ¿Y si ocupamos la otra habitación? Total es la de los invitados/as y nunca quieres que venga nadie. Dos habitaciones, una para cada uno y cuando queramos, nos juntamos ¿En tu habitación o en la mía? Qué romántico…

    Aceptamos y entramos en la fase peligrosa: Qué desastre de habitación tienes, pues yo no pienso arreglártela, y ¿esos calcetines (o esas medias) debajo de la cama?, qué peste cuando preparas la coliflor, ¿sardinas en casa?, ¿otra vez la pesada de tu amiga (amigote)? Pues a mí me gusta así. Pues a mí, no...

    La solución fácil que se nos ocurre (si podemos), es utilizar el apartamento que compramos para invertir y que no hay forma de alquilarlo, o la casa de la playa que sólo se usa en verano. ¿Por qué no nos vamos uno allí y el otro se queda en el piso? Total, somos una pareja moderna y además así le ponemos morbo a nuestra relación, como cuando éramos solteros. Quedamos para comer, dormimos la siesta juntos, salimos a cenar, la copita y luego, después del "yes verigüel", cada uno a su casa a dormir....

    Como lleguemos a este punto y cedamos, el desastre se habrá consumado, porque al poco de trasladarnos, comenzarán las preguntas y los malos rollos: ¿Quién ha estado aquí? ¿Qué hacen esos dos cepillos de dientes en el baño? ¿Para qué necesitas tú copas de champán? ¿Una maquinilla de afeitar en tu baño? Si tú siempre te has depilado con cera… Al final, pasaremos al inevitable: Creo que es mejor que estemos un tiempo sin vernos, necesitamos pensar y reflexionar sobre lo nuestro...

    En conclusión, si su pareja le pide que cambie la cama, póngase a temblar y llame a un consejero matrimonial… Yo me marcho a hacer la cama, que ya voy por la de “uno-cincuenta” y no está el tema para bromas.

    Besos

     

     

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