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Alfonso Ros Campos

Cartagenero, de la cosecha del 63, funcionario en la Universidad de Murcia y sindicalista.

Sobre este blog de Sociedad

La actualidad de nuestra Administración y la cruda realidad en la que desarrollamos nuestro trabajo las Empleadas y Empleados Públicos, desde un punto de vista irónico, malintencionado y totalmente subjetivo


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  • 03
    Febrero
    2014

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    CARIDAD Y JUSTICIA SOCIAL

    Les cuento una historia inventada que perfectamente podría ser real y que refleja en gran medida, la situación en la que viven muchas personas en nuestro país.

    Unos días antes de Navidad, un empresario de éxito, de esos a los que la crisis les ha afectado “en positivo” (porque ahora ganan más dinero que antes), paseaba por una céntrica calle de su ciudad, extasiado por el ambiente de luces y adornos navideños y por el frenesí de quienes, cargados de bolsas con las compras de última hora, entraban y salían de los distintos comercios. La típica estampa navideña, pensó nuestro protagonista. El frío, la tristeza y la oscuridad, normales en estas fechas del año, quedaban compensados por la alegría, el calor humano y la iluminación de los ornamentos navideños.

    Pero de repente, algo llamó su atención. Una anciana hacía esfuerzos para rebuscar entre los contenedores de basura. Se notaba que los años y los malos tratos de la vida habían hecho mella en su salud, porque cada movimiento que intentaba realizar, suponía un nuevo reto para todo su organismo. Algo en aquella mujer, un movimiento, un gesto, una expresión de su cara, o todo en su conjunto, le recordó a su madre, recientemente fallecida, por lo que, dejándose llevar por la nostalgia, la proximidad de la Navidad y el ambiente en general, decidió de manera impulsiva, acercarse a ella y preguntarle qué hacía allí y por qué rebuscaba entre las basuras.

    La anciana, ligeramente avergonzada y con la voz temblorosa, pero con una educación exquisita, le explicó que en esos contenedores echaban las sobras del restaurante de la esquina, y que ella venía todos los días, a recoger lo que todavía tenía provecho, para poder llevarse algo a la boca. Le contó que su marido había fallecido hacía varios meses y que vivía sola. Antes de morir, había estado mucho tiempo sin trabajo, desde que lo despidieron de una gran empresa en la que trabajaba, sin indemnización, sin derechos adquiridos y habiendo cotizado por mucho menos tiempo del que realmente había estado contratado. Desde entonces, con la mísera pensión que le había quedado a ella y lo caro que estaba todo, no le daba para llegar a final de mes, por lo que necesitaba conseguir, dentro de sus posibilidades y de la manera más honrada que sabía, la comida que no podía comprar.

    El empresario, compadecido por lo que estaba oyendo, decidió hacer su “buena obra del año” y sacando de su lujosa cartera dos billetes de cincuenta euros, se los ofreció a la desventurada anciana, para que esa noche, no tuviera que rebuscar más entre las basuras y pudiese comprar alimentos en condiciones. Ella, con una sonrisa cansada, cogió el dinero, le agradeció el detalle y siguió a lo suyo, rebuscando en el contenedor.

    Nuestro caritativo protagonista, desconcertado con lo que estaba viendo y algo enfadado por la tozudez de la mujer, le preguntó por qué seguía removiendo la basura, ahora que tenía dinero para comprar comida y no necesitaba hacerlo, a lo que ella le respondió que, debido a su avanzada edad y su mala salud, el día menos pensado, podía caer enferma y entonces, como vivía sola, no podría salir a buscar comida, por lo que prefería guardar el dinero para cuando llegase ese día y seguir comiendo de las sobras del restaurante, ahora que todavía le quedaban fuerzas para hacerlo.

    Ante semejante reflexión, el elegante empresario, todavía más compadecido con la situación en que vivía la anciana, decidió ampliar su beneficencia y sacando una de sus tarjetas de visita, se la entregó a la mujer para que, si enfermaba, pudiese llamarle y él acudiría a socorrerle.

    La buena señora, cogió la tarjeta, leyó el nombre de su benefactor y con la cara desencajada, se despidió fríamente de él y se marchó todo lo rápido que se lo permitieron sus cansadas piernas.

    Nunca más volvió a verla. Un día, picado por la curiosidad, decidió preguntar por ella en el restaurante de la esquina y cual sería su sorpresa al enterarse de que la pobre, había caído enferma y como no tenía quién cuidara de ella, al parecer, había fallecido sola y desnutrida.

    ¿Por qué no utilizó esa tarjeta de visita que podría haberla aliviado? Nunca lo sabremos. Pudo ser simplemente, porque la había perdido, porque ni siquiera tenía un teléfono desde el que llamar, porque no pudo encargarle a nadie que lo hiciese por ella o porque, el nombre de la tarjeta, coincidía con el del empresario que años atrás, había engañado, explotado y posteriormente, despedido injustamente a su marido. La caridad nunca podrá compensar la injusticia social, porque la dignidad, es algo que no se compra con dinero.

    Besos

     

     

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