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Gauden Villas

Sobre este blog de Deportes

Ha dicho muchas veces que su piel solo tiene un color: el rojo. Se creyó siempre un perdedor hasta que Luis Aragonés, el sumo pontífice, demostró que España también puede ser la más grande. Lloró con el gol de Iniesta y en su camiseta, contra viento y marea, luce el 9 de Torres.


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  • 28
    Junio
    2012

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    Vía crucis camino del éxito.

     

                    El fútbol tiene estas cosas. Puedes ver mil partidos que te dejan impasible, que olvidas al día siguiente. Y, de repente, llega lo de ayer. Te pasas una hora y media esperando a que pase algo. Luego media hora pensando que va a pasar y al final se para el tiempo, se sale de cauce el corazón y todo un país no hace otra cosa que padecer. Millones de amuletos salieron del armario. Besos de los niños, genuflexiones a la figura de Nuestra Señora, recordatorios al mostacho de nuestro señor seleccionador ¿De verdad merecíamos sufrir tanto?
     
                Decíamos ayer que nada es casual, de modo que tampoco debió serlo que el partido acabara como terminó. España no se pareció en nada al concepto que tiene de sí misma. Primero porque delante tuvo a una selección que hizo de cada metro cuadrado de campo una emboscada, que creyó en sus posibilidades y en ningún momento se dejó impresionar. Corrieron como jabatos, apretaron arriba como nadie lo había hecho en esta Eurocopa, ensuciaron cada hoja que los jugones de la Roja querían escribir. Un centímetro de error suponía una pérdida de balón, una decisión del árbitro, fuese la que fuese, un carrusel de protestas de unos portugueses tan antipáticos como su estrella y capitán.
     
                Del Bosque optó por un nueve para fijar a los centrales portugueses. Ni un solo español –salvo, quizás, los progenitores del futbolista- entendió que fuera Negredo. Si ya no cree en Torres ¿para qué queremos a Llorente? Nos pasamos una hora muriendo no en la orilla, sino a kilómetros de allí. No es que Portugal supusiera un gran peligro. Solo Arbeloa, empeñado en que Ronaldo escale algún peldaño más en su carrera, ponía algo de emoción al asunto con faltas sin sentido que Cristiano desperdiciaba sin despeinarse –la gomina tiene esas cosas-. España no fue mejor que Portugal. Tampoco fue peor. Un Ramos imperial, el mejor central del momento sin duda alguna, se encargó de dejar las cosas en su sitio cada vez que alguien quería importunar a Iker.
     
                Nos fuimos a la prórroga sin noticias de los porteros. Y ahí empezó a notarse que Pedro estaba en el campo. Si Negredo y Navas son jugadores por lo general irrelevantes en este equipo, las jugadas de Pedro suelen siempre acabar en algo. España empezó optando por lo de los últimos años –tiquitaca- y, cuando vio que no salía, terminó con lo de toda la vida –los extremos-. Del Bosque volvió a dar con la tecla. Portugal no podía con las botas. Alba, colosal, hizo auténticos destrozos por su banda y no hubo un español que no deseara que la prórroga durase un cuartito de hora más.
     
                Quien diga que los penaltis son una lotería no hace más que ignorar la realidad. Es una suerte más del fútbol, tan importante como cualquier otra. Los equipos que tienen buenos lanzadores y un buen portero vencen. Los demás perecen. Siempre fuimos malos hasta en eso –¿nos acordamos de Zubizarreta?-. Ahora tenemos a un tío, central para más señas, que se atreve a hacer de Pirlo. Si el italiano decantó la tanda contra Inglaterra con un lanzamiento a lo Panenka, Sergio destrozó la moral portuguesa haciendo lo propio. Venía de mandar una pena máxima a la luna contra el Bayern y su respuesta fue esa. Crack, figura mundial, pedazo de futbolista, monumento a las agallas y todo lo que se os ocurra. Reconozco que solo lo vi repetido. Pero no me perdí el último de Cesc. La victoria nos va a saber a gloria.
     
               
     
         

     

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