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Gauden Villas

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Ha dicho muchas veces que su piel solo tiene un color: el rojo. Se creyó siempre un perdedor hasta que Luis Aragonés, el sumo pontífice, demostró que España también puede ser la más grande. Lloró con el gol de Iniesta y en su camiseta, contra viento y marea, luce el 9 de Torres.


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  • 20
    Junio
    2012

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    Del Bosque aún está a tiempo.

                                    

     Volvemos a las dos Españas. Una, paniaguada por un seleccionador cercano y simpático, que se deja el alma por atender a todos los medios, sigue pensando que en Del Bosque tenemos a un genio. Para ellos, suyo es el mérito de la victoria ante Croacia. Sacó el equipo que tenía que sacar, planteó el partido de la única manera posible y fueron los futbolistas los que no estuvieron a la altura. Se dejaron la intensidad en el vestuario y tuvo que ser el míster el que, con unos cambios providenciales, le diera la vuelta a la tortilla. He tenido que leer, incluso, que "nadie como Del Bosque se maneja con el 1-0". Textual.

     La otra tiene claro que la Roja tiene un gravísimo problema: con el paso del tiempo, su fútbol se ha vuelto tan previsible que los rivales lo desactivan hasta desnaturalizarlo por completo. La frescura de hace cuatro años forma parte ya de la historia. El tiempo, por un lado, y el seleccionador, por otro, han terminado por derribar una obra que parecía hecha para durar un siglo. Solo hace falta plantar sobre el campo a diez tipos con la única misión de defender para que de España solo se sepa en el recuento de pases  insulsos que llegan a su destinatario. Únicamente ante Irlanda se vieron atisbos de la vieja España porque solo entonces se consiguió abrir el marcador a los tres minutos de partido.  Del resto, apenas un cuarto de hora ante Italia puede ser rescatable, coincidiendo con el desconcierto que la entrada de Torres supuso para el sistema defensivo rival.

    Mientras la guardia pretoriana del seleccionador le da vueltas y más vueltas a la enorme dificultad que supone ganar una Eurocopa -el arte de la adulación carece de la más mínima originalidad- la realidad lo convierte en sospechoso. Su viejo empeño en jugar con dos pivotes de carácter defensivo, menoscabando la labor de un Xavi que en el Barcelona abarca mucho más terreno del que aquí le dejan libre sus compañeros, sirvió para ganar el Mundial, pero nunca ha venido asociada al juego que de la Roja esperan sus aficionados. Ya entonces, su fútbol se atascó ante rivales ultradefensivos -recordemos Paraguay, o la final ante Holanda- y solo desplegó parte de su virtualidad ante rivales que planteaban encuentros más abiertos -Chile o Alemania-. El problema en esta Eurocopa es que los ejemplos de aquel Mundial y el más reciente del Chelsea y su ignominioso triunfo en la Champions League gracias a un fútbol ramplón y cicatero están demasiado recientes como para no tentar a quienes reconocen en España un rival al que no se le puede jugar de tú a tú. Exceptuando a franceses y alemanes, demasiado orgullosos los unos y necesariamente seguros de sí mismos los otros, el camino de la Roja no va a hallar en su camino más que versiones mejoradas del catenaccio de Italia o Croacia.

    Para reeditar su triunfo en Viena, España tiene que dar un golpe de timón. Seguir jugando con ocho jugadores por detrás del balón de manera permanente conduce al suicidio asistido. Para agrandar las dificultades, además, la vieja red de seguridad que suponía tener la mejor defensa del mundo, ha desaparecido ahora con la apuesta de Del Bosque por un Arbeloa cada día más desnudado por sus carencias y con los problemas de entendimiento entre Ramos y Piqué. Cualquier error en uno de esos cientos de pases sin profundidad puede resultar mortal porque Casillas no lo va a parar todo en cada partido. Sin renunciar a un fútbol que es consustancial a la naturaleza de nuestros mejores futbolistas, a Del Bosque debemos exigirle que agudice el ingenio y, si puede ser, que sus mágicas aportaciones vayan más allá de introducir a corretear por la banda como pollo sin cabeza a un Navas que, a estas alturas, poco ya va a poder demostrar.

     En las grandes dificultades es cuando se detecta a los verdaderamente válidos. Hace nada, apenas cuatro años, nadie daba un duro por esta misma selección. Un tipo arisco, que apenas se sabía el nombre de dos o tres periodistas, fue capaz de variar el rumbo de su equipo y de la historia. Era sabio por viejo, por diablo y por tener las posaderas repletas de los arañazos que deja la carretera. Acaso el problema de Del Bosque es que no ha entrenado más que al Real Madrid -y en Turquía, unas semanas- antes que a España y ante la menor eventualidad tira de un libro de estilo que con nuestros futbolistas sencillamente no sirve.

     

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