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Enrique Nieto


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  • 06
    Junio
    2013

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    Una mañana complicada

        Es que lo sabía. Ayer, nada más levantarme, tuve la sensación de que no iba a ser un día fácil. ¿A ustedes les pasa? A mí, a menudo, y mis intuiciones se cumplieron exactamente. Les cuento.


        Llego a la Asamblea Regional. Intento pasar a aparcar al lateral donde el personal de los medios de comunicación hemos dejado los coches siempre que había algún debate importante. Un policía me dice que ya me puedo estar yendo, que hace un montón de tiempo que no se permite aparcar allí. Doy marcha atrás y me busco la vida por Cartagena. Zona azul y perras por aparcar.


        Accedo al Parlamento, y, en el hall, saludo a gente que viene a la cosa. Que si un consejero, que si dos rectores, que si diez directores generales y dos o tres seres humanos que no se dedican a la política. Va a comenzar el acto y me voy al lugar en lo alto del salón de plenos donde se sitúan los periodistas, y que tiene una zona ancha y una zona estrecha. La ancha ya está ocupada, así que me toca la estrecha donde hay que sentarse de lado para que la gente pueda pasar por detrás. Para uno que tiene las piernas largas es bastante incómodo, pero me resigno. El presidente Valcárcel comienza a hablar. Un colega se había apostado conmigo una cerveza a que empezaba con los datos del empleo que se supieron ayer por la mañana. ‘No, hombre’, dije yo, ‘el discurso se lo trae ya hecho y no creo que lo retoque para eso’. Pero, por supuesto, abrió con esos datos, llenos de glorias para el PP, y, el colega me miró y me hizo el ademán ese que significa: ‘tú pagas, pringao’.

    El Presidente continuó su discurso hablando de lo que va a hacer, de los fondos que se van a crear para incentivar el empleo, de las becas que se van a dar para que los que abandonaron estudios vuelvan al redil, de los pactos que se van a ofrecer a la oposición. Y entonces pensé yo: ‘¿A que me he equivocado de debate? ¿A que me creía que era el del estado de la Región y va a ser el de investidura?’, porque allí se estaba hablando de futuro, y lo normal, creo yo, sería hablar de lo que se ha hecho, de cómo está la Región ahora, y no de cómo va estar cuando todas esas medidas se pongan en marcha. Consulto y me dicen que es el del estado, pero que hoy le ha dado por empezar por ahí.

    Bajo al salón donde se sienta la gente para ver el debate. Me pongo en un lado, de pie, para ver quien ha venido y poder contarlo aquí. Se me acerca un ujier y muy amablemente me dice que allí no puedo estar de pie, que me tengo que sentar. Me extraña, porque las últimas setecientas veces que he estado en la Asamblea Regional, me he situado allí, pero, obedientemente, me voy a uno de los bancos de mármol que rodean el salón y me siento. El ujier me sigue y, con la misma amabilidad, me dice que allí tampoco me puedo sentar ahora, que he de hacerlo en una silla de las que están preparadas para los asistentes. ‘Es que desde ahí no le veo la cara al personal’, le digo. ‘Lo siento, pero son las normas’, me dice. Así que me siento en una silla y me pongo a mirarles el cogote a los asistentes. Reconozco el del alcalde de La Unión, Paco Bernabé; el de Martínez Tovar, el de Miguel Ángel Cámara, creo reconocer el pelo corto de Pilar Barreiro, el pelo largo de Ángel Martínez, un hombre alto y otro más bajo sentado a su lado, que creo que son los jefes regionales de CC.OO y UGT, pero me canso de cogotes y me voy a la calle a fumarme un pitillo.

    Salgo al lateral de la Asamblea, enciendo mi cigarrillo y me enveneno con ganas. Frente a la puerta hay una pequeña manifestación de personas de la enseñanza que han venido al evento. De pronto, una mujer que lleva el altavoz ese de mano que se usa en todas las manifestaciones para decir los eslóganes, lo enchufa y a toda voz escucho: ‘¡oiga!, ¡no se puede fumar a menos de cien metros de un colegio!’. Todos me miran. Como llevo una americana puesta creo que han creído que soy un político. Efectivamente, cerca de la Asamblea hay un colegio pero, vamos, que para que mi humo le llegue a un nene tendría que echarlo con un cañón. ‘Es que somos docentes’, dice la mujer con el aparato. ‘Y yo también, coño’, exclamo algo mosqueado, me acerco a ellos y ya hablamos y se suavizan las cosas.


    Vuelvo al pleno. Miro a los diputados desde arriba. Bastante wassap en las filas populares. Un diputado esta dándole a la tecla y, cuando se da cuenta de que estoy mirando, pone las manos sobre el teléfono, así como si estuviera rezando, para que no me entere de lo que está escribiendo. Ya ves, y de lejos, cada vez veo menos. Le miro la cabeza gris al consejero Antonio Cerdá y me acuerdo de cuando tenía el pelo negro, que ya era consejero. Como pasa el tiempo, leñe.


    Y termino con un momento guapo, que no todo va a ser mosquearse. A mitad de su discurso, Valcárcel habló del ferrocarril, y de ‘la maldita variante de Camarillas’ y tuvo un recuerdo para las víctimas de aquel terrible accidente del que ha sido el aniversario hace unos días, y unas palabras de alegría por los que se salvaron y se quedaron con nosotros para demostrar su afán de superación. Y todo el mundo aplaudió al diputado Juan Guillamón, que fue uno de ellos, que sufrió la pérdida de varios dedos aquel día, y que ha seguido absolutamente activo y haciendo cosas por él y por los demás.


    Y, cuando acabó el discurso, conduciendo con mucho cuidado, me volví a Murcia.
     

     

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