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Enrique Nieto


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  • 14
    Enero
    2013

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    Tienes un email. A/A los directores de los Centros Educativos

    Estimados Señores y Señoras:

     

    Les escribo porque me he enterado por la prensa de que no están ustedes muy felices con las innovaciones, tan viejas ellas, que les esperan en la nueva ley de Educación del ministro ese tan simpático, Mr. Wert. Resulta que la cosa va de quitarles cualquier poder de decisión a los Consejos Escolares y convertirlos a ustedes en los verdaderos reyes de los colegios e institutos. Ustedes podrán decidir sobre el proyecto educativo, ustedes podrán elegir el modelo de profesor interino que más les cuadre, ustedes serán dueños de vidas y haciendas en lo que se refiere a profesores, padres, nenes, nenas y personal de servicios. El órgano más representativo hasta ahora en los centros, el Consejo Escolar, se queda ahí, por si quieren consultarles algo, y ustedes solo rendirán cuentas ante el poder político que los va a nombrar. Qué divertido.

    Y, claro, muchos directores han dicho que no me mandes más jamones que tengo el armario lleno. La situación que se puede dar en una comunidad educativa con el director dando órdenes desde por la mañana hasta la noche y los otros integrantes tragando quina, o levantándose en armas, puede resultar sencillamente molesta para el dire. Porque, vamos, que todavía quedamos vivos algunos de los que existíamos cuando aquello tan bonito de Franco, ese hombre, cuando todo era igual que lo que ahora se pretende poner en marcha. En los centros privados, por lo menos en alguno que yo conocí al principio de mi carrera como profesor, el director era el puñetero rey de la carretera. Solía tener a su alrededor a unos cuantos profesores que le hacían mucho la pelota, pero, francamente, no sé si les compensaba, porque también tenía que administrarle dos guantazos al crío que le traían al despacho porque se había portado mal, era su misión llamar a los padres que no pagaban el recibo, debía echarle broncas a los conserjes, a los profesores que llegaban tarde, lidiar con progenitores encendidos porque a su hijo le había suspendido las matemáticas un profesor que le tenía manía, etc. etc.

    En los públicos, al director lo elegía el ministerio y, por ejemplo, en el que yo fui habían puesto a un cura que tenía una mala hostia de narices. Nosotros lo evitábamos lo que podíamos porque, en cuanto te descuidabas, había bronca, llamada a los padres y expulsión. Cuando entraba en una clase, nosotros nos poníamos de pie y el profesor materialmente se cuadraba. Menudo era aquel payo. Solo se relacionaba con el profesor de Formación del Espíritu Nacional, y con la de gimnasia, que era machonga.

    Francamente, comparto su rechazo a convertirse en figuras llenas de autoridad pero ajenas a la comunidad de personas entre las que viven, sin más apoyos que los de la gente que haya de su cuerda ideológica y siempre cumpliendo las órdenes que les den los políticos. Vaya porquería de vida, oiga.

    Atentamente,

     

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