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Enrique Nieto


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  • 18
    Octubre
    2012

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    Tienes un Email: A/A del ministro de Educación, Cultura y Deporte

    Sr. Wert


        La verdad es que a usted se le podría escribir por un montón de razones, pero hoy quiero centrarme solo en una: las reválidas que va a incluir en la ley de educación que está preparando. Hasta en tres ocasiones a lo largo de su formación primaria y secundaria los chicos y las chicas van a tener que pasar por un examen general, exterior a su centro educativo, en el que deberán demostrar sus conocimientos y que serán comparados con los de los demás, dentro y fuera su Comunidad Autónoma. A mí esta decisión suya me parece un desastre y voy a tratar de explicarle por qué.


        Verá usted, en primer lugar me gustaría decirle que hablo desde la experiencia, es decir que sé perfectamente lo que es una reválida. Por no contarle batallitas personales, me retrotraeré solamente a cuando comencé mi carrera de profesor, en el año de gracia de 1.968. Por aquel entonces existían dos reválidas en un bachiller de seis años, una en 4º curso y otra en 6º. Las asignaturas estaban agrupadas en tres exámenes, Ciencias, Letras y un batiburrillo en el que se incluía el idioma extranjero. Los estudiantes debían aprobar los tres grupos y, si no lo hacían,  repetían un año, y a los que les sucedía esto, a menudo acababan allí sus estudios pues solían olvidar lo que habían aprobado al dedicarse el año entero a lo que les faltaba. Así, aunque al final consiguieran aprobar todo, en el curso siguiente se perdían completamente por la falta de base y se iban a hacer puñetas.


        Las reválidas, a mi juicio, no sirven absolutamente para nada. Un alumno/a que ha de demostrar en un solo día lo que viene aprendiendo en unos cuantos años, que ha sido evaluado por sus profesores día a día, con la observación de sus hábitos de trabajo, la valoración de su esfuerzo y sus actitudes y aptitudes, ha de ponerse delante de un examen, una mañana en la que puede encontrarse bien o mal físicamente, normalmente nervioso y a veces fuera de sí, y del examen de ese día va a depender totalmente su futuro. No importa lo que sus profesores saben muy bien: que en su casa hay o no hay facilidades para el estudio, cómo es su ambiente de trabajo, que el crío o la cría acaba de pasar por una experiencia traumática, como la separación de sus padres, o una enfermedad, o quién sabe qué. Ese día y a esa hora ha de dejar constancia en un papel de que, comparado con la media española, sabe lo suficiente para seguir adelante por un camino, o ha de ser desviado a otro que le marcará su futuro profesional y cultural para siempre.


        Y ¿sabe usted lo que solía suceder con esta enseñanza con reválidas? Pues que los profesores nos dedicábamos no a enseñar para que aprendieran los alumnos, sino para que aprobaran la puta reválida, con perdón sea dicho. Jamás podías motivarlos para saber, para conocer, para enriquecerse con lo que estaban estudiando, por lo interesante del tema, sino sencillamente para aprobar ese examen. O sea que, a mis cortas luces, es una idea del averno.


        Y no le digo a usted nada sobre los desvíos a prematuros a F.P. De eso le hablo otro día.
     

     

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