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Enrique Nieto


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  • 29
    Noviembre
    2012

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    Tienes un Email: A/A del chatarrero

    Querido vecino:


        Te llamo así porque vives cerca de mi casa con tu esposa y tus tres hijos. El dueño te ha alquilado el bajo donde vives porque te conoce, como todos los demás que vivimos cerca, y sabemos que sois una familia encantadora, amable y servicial, siempre dispuesta a echar una mano cuando veis que nos hace falta. Sé que tú viniste primero desde tu país y más tarde llegó tu mujer con los niños, y que, al principio, trabajabas en la construcción y en la agricultura. Pero ya hace tiempo que, ante la falta de un empleo, te has dedicado a la chatarra, y quería escribirte esto para que la gente sepa cómo te ganas la vida.


        Tienes una bicicleta con un contenedor pequeño adosado y cada día sales a buscar por la ciudad todo lo metálico que la gente desecha. Vas mirando cerca de los contenedores de basura y allí ves un carro de compra que han tirado, una olla vieja, dos trozos de hierro llenos de robín que proceden de quién sabe dónde y cualquier otro objeto que esté hecho de metal. El otro día te vi deshaciendo un viejo colchón para extraerle los muelles.

    Pasaste horas rasgando las lonas, quitándole el relleno para aislar lo que tenía dentro. Fue un trabajo tremendo y nada más de mirarte me cansaba yo mismo. Cuidadosamente, cada noche vas metiendo en tu desvencijada furgoneta lo que has conseguido ese día – a veces, se te hace la una de la mañana manipulando las cosas- para luego llevarlo y venderlo al mayorista correspondiente.


        Como eres una persona honrada, sé que para ti no existe eso de robar cables o de llevarte cualquier cosa de cobre que veas por ahí. A mí me recuerdas otros lejanísimos tiempos, cuando yo era un crío y veía a muchos tratando de obtener algo de dinero con oficios hoy ya olvidados, aunque, dadas las circunstancias actuales, no me extrañaría que también volvieran como ha vuelto el tuyo de chatarrero. Me refiero a los traperos, que cambiaban trapos viejos por recipientes de barro: ollas cazuelas y esas cosas; a los lañadores, que arreglaban los recipientes cuando se rajaban; a los afiladores de cuchillos y tijeras, a las vendedoras de palmas de jazmines que ellas mismas elaboraban; a los que vendían hierba para los animales, a los lecheros que iban con sus cabras y las ordeñaban allí mismo, en las puertas de las casas. Y no hablo de un pueblo perdido sino de una ciudad como Cartagena. Todos ellos recorrían las calles gritando su mercancía que daban a cambio de unos céntimos y con eso salían adelante aunque fuera en circunstancias de miseria.


        Cuando te veo con tus cosas, pienso que eres un símbolo del momento que nos ha tocado vivir, y me conmueves, como nos pasa a todos los vecinos que te conocemos. Te deseo que esto cambie y puedas volver pronto a ser el estupendo albañil que has sido siempre.
        Un abrazo,
       
     

     

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