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Enrique Nieto


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  • 19
    Junio
    2013

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    Tienes un email: A/A de los que friegan el suelo

    Estimados y estimadas:

     

    Os escribo porque os veo, cada mañana, a la hora de apertura de los establecimientos donde trabajáis. Llama mucho la atención que estéis allí con la fregona dándole lustre al trozo de calle que os corresponde, y que abarca la puerta y los escaparates de la tienda. Lo sorprendente no es que freguéis, sino que lo hacéis vestidos con vuestra ropa de atender al público, así que vemos a una señorita, perfectamente maquillada y peinada con cardados voluminosos, puesta de minifalda y zapatos de plataforma, o a un joven con camisa de vestir y corbata, dándole a la fregona en plena calle salón o en la acera de una céntrica avenida.

     

    En esto del fregorcio del suelo, los de mi generación hemos asistido a un largo proceso de transformación. En nuestros hogares, las madres eran siempre las que realizaban esta labor porque, por entonces, no existía la fregona y era tan humillante la postura –  de rodillas en el suelo, con la bayeta y el cubo – que jamás un hombre lo hacía ya que hubiera supuesto un menoscabo de grandes proporciones a su virilidad ante todo el vecindario. Quizás el momento más tremendo era cuando las mujeres fregaban el trozo de escalera que le correspondía a su piso, escalón por escalón, haciendo equilibrios (imagínense ustedes la postura) en la estrechez del espacio. Las que vivían en el bajo de las casas, eran las encargadas de fregar el zaguán y la entrada, llegando incluso también a hacerlo en el trozo de acera que le correspondía a la fachada del edificio. Así que podías ver, igual que ocurre ahora con ustedes, a una mujer llevando a cabo ese trabajo en la calle, o en las aceras, pero, eso sí, jamás vestidos como ustedes van ahora, sino con la peor ropa que tenían puesto que tenían que arrastrarse por el suelo.

     

    Todavía, en algún viaje a Marruecos, he visto a algunas mujeres haciendo ese trabajo en las mismas antiguas condiciones nuestras, con la diferencia de que allí no barren previamente, sino que van a la vez fregando y barriendo, es decir, arrastran con la bayeta el montoncito de basura, lo dejan a un lado, y friegan una zona, para continuar hacia otra arrastrando un incrementado montón de desperdicios, que, claramente, se van humedeciendo por el contacto con el paño mojado, acabando la cosa, he de decirlo, en un montón de mierda bastante asqueroso.

     

    Pienso que a muchos de ustedes les fastidiará hacer este trabajo. Que un vendedor especializado en telas, es un ejemplo, que sabe reconocer la seda y poliéster, el tergal y el popelín, tenga en su contrato, verbal o escrito, la obligación de fregar la puerta cada mañana, e incluso darle Cristasol y juego de muñeca a los cristales, no debe sentar muy bien. Saben que antes lo hacía un o una contratada, y que, con la crisis, el dueño los ha despedido y ha dicho que ahora es trabajo de ellos, y lo habéis tenido que aceptar sin rechistar. Eso si no es el mismo dueño el que friega, que también se dan casos.

     

    Y, solo deciros ya que, al menos, se inventó la fregona y no estáis a cuatro patas en el suelo. Como nuestras madres.

     

     

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