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Enrique Nieto


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  • 14
    Enero
    2013

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    Tienes un email. A/A de los padres de hijos problemáticos

    Estimados,

    Os escribo hoy sintiéndome tan trastornado por lo que ha sucedido en Santiago de La Ribera como me imagino que lo estaréis vosotros. Que un joven de veintiocho años mate a dos ancianos indefensos nos afecta profundamente a todos, y más cuando ocurre aquí, tan cerca de nuestras casas. Al seguir este tema en los medios, no he podido dejar de pensar en los padres de ese muchacho, y en todos nosotros, los demás, los que tenemos hijos, porque realmente nadie puede comprender cómo llegan a ocurrir sucesos como este. Pero el caso es que ocurren. El asesino confeso estará como esté, pero, ¿y sus padres? ¿Cómo se sentirán al ver de lo que ha sido capaz de hacer ese chico?

    Todos, cuando nacen nuestros hijos, pensamos en su futuro y nos preguntamos qué llegarán a ser, cómo evolucionarán cuando los años pasen. Cuando son pequeños, vamos tratando de imbuirles ideas y normas de comportamiento, hábitos sanos y educación para la vida. Cada uno hace lo que puede, lo que entiende que es mejor para ellos, y van creciendo envueltos en afecto, mientras que nosotros cambiamos nuestras vidas y las ponemos en función de las suyas: pasamos noches sin dormir, no vivimos si uno cae enfermo, sufrimos si van mal en los estudios y nos afecta cualquier cosa que les afecte a ellos.

    Cuando son adolescentes, llega un momento difícil. Los chicos y las chicas necesitan afianzar su personalidad y se separan de nosotros para tratar de encontrar en sus amigos unas pautas de conducta que los definan, que los hagan sentirse ellos mismos. Ahí comienza a funcionar la componente ‘suerte’ para nosotros y para ellos pues todo depende de con quien se relacionan. Casi todos llegarán un día a casa con las pupilas dilatadas por haberse fumado un porro, o pasados de rosca en un botellón, pero, con esa ‘suerte’, no se convertirá en hábito y, poco a poco, volverán a sus ambientes familiares, distintos, pero buena gente.

    De vez en cuando, estas circunstancias no se producen de este modo y uno de ellos toma el camino equivocado, llegando a veces hasta el mismísimo infierno. Y los padres a sufrir, a volverse locos al ver que ese niño, o esa niña, que cuidaron siempre, se ha convertido en una persona extraña, en alguien esclavo de una adicción, en un ladrón, o, como ahora, en un asesino. Por Dios, qué horror, qué tremendo horror debe ser ver a un hijo tuyo envuelto en algo así.

    Por eso hoy os escribo. Tengo experiencia en chavales perdidos en mundos infectos a causa de la droga –después de treinta y siete años de Enseñanza, he visto de todo – y siempre detrás de ellos había unos padres destrozados. En vosotros pienso.

     

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