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Enrique Nieto


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  • 13
    Septiembre
    2012

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    Tienes un Email: A/A de la Cerveza

        Estimada amiga de tantos años:

        Te escribo porque te echo de menos. Desde hace algo más de un mes, no te he tenido entre mis brazos y tengo una gran sensación de vacío muy dentro de mi ser. Lo que me pasa contigo no es nada que tenga que ver con eso del encuentro casual con un ‘aquí te pillo, aquí te mato’; lo nuestro es una relación de tiempo, consolidada a través de años de convivencia, llevada con esa serenidad que da la madurez, es decir, nada de borracheras, ni siquiera de ‘coger el punto’, sino una questión de cotidianeidad, de cada día, a su hora, con los amigos o con la familia, sentarte a charlar un buen rato contigo enfrente, sorbiéndote despacio, echándote el primero, y, tras una cierta y veloz recuperación, ir a por el segundo, y a por el tercero, hasta verte agotada, y pedir otra, sin ir mucho más allá que la edad no perdona.


        Pero llegó un médico y me operó de las partes bajas (no es fimosis, es otra cosa), y no se le ocurrió otra idea al hombre que prohibirme, de momento, la ingesta de cualquier alcohol, de picantes, de café, de chocolate y otros manjares de esos que dan gusto. Es una cuestión temporal, pero llevando bien como llevo el abandono de todo lo demás, lo tuyo, cerveza mía, es que me lleva por la calle de la Amargura. Intento con poco éxito echarme en brazos de la sin alcohol, la cero cero y demás gaitas, pero no les encuentro el punto por ningún lado. He probado todas las marcas posibles y no consigo que me sepan a nada. He intentado beber otras cosas sin alcohol, pero esa bebida roja que venden por ahí, por más burbujas que tenga, me parece agua con fuchina, y sin ir más lejos, ayer, me tomé unas tapas con un zumo de melocotón y por poco lo vomito. Qué asco, tú.


        Por otro lado, dejarte también me ha supuesto un montón de ventajas. La barriguilla que ostentaba y que rompía mi figura de un modo bastante repugnante (no hay cosa más horrible que un tío flaco con barriga) ha desaparecido, o sea que tú eras la responsable de que se me hubiera quedado pequeña la mitad de la ropa, que el botón de la cintura de los pantalones haya salido disparado en tres o cuatro ocasiones (una vez, por poco deja tuerto a un guardia local que se estaba tomando una fanta, en la barra, cerca de mí) y que las camisas no supiera cómo ponérmelas, si por fuera, que se quedaban colgando al aire totalmente separadas del cuerpo por la protuberancia, o por dentro, marcando la curva de la barriga de un modo absolutamente impresentable.


        Pero en cuanto al doctor se le ocurra dejarme volver a ti, lo haré con los brazos abiertos. Primero me tomaré una de barril, en una copa de cristal bien helada, para continuar pegándole sorbos a un quinto. Cuando hay hecho la ‘madre’ otra vez, me iré con mis amigos a un lugar donde te ponen cervezas maravillosas de importación servidas en cubos como de champán, que queda de fino que te cagas. Y a vivir.


        Te quiero. Nunca podré olvidarte.
     

     

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