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Enrique Nieto


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  • 29
    Febrero
    2012

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    Tienes un Email: A/A de D. Iñaki Urdangarín

    Sr. Duque,

     

    Le escribo porque estoy siguiendo con interés lo suyo. Verá usted, si hay algo que me repele, en este mundo nuestro de hoy en día, es, sin duda alguna, la corrupción. Tendría que ser tan mayor como yo para comprender hasta qué punto confiábamos los de mi generación en que la democracia acabaría con todas aquellas tropelías de la posguerra y el franquismo, comenzando con el estraperlo (un hermano mío, de un año, pilló una infección muy grave, mi padre pasó una noche entera de casa en casa de los que estraperleaban con la penicilina para tratar de comprarla, no pudo conseguirla y el crío se murió por la mañana) y acabando con los trazados de carreteras que hacían curvas para dejar fuera la finca de un alcalde o de un concejal, que también lo he visto. Los ciudadanos de entonces veíamos las corrupciones, los tráficos de influencias, las injusticias que se tapaban, y callábamos porque era algo casi natural en un régimen como ese, pero, a partir de 1978, pensamos que ya nada sería igual. Y, en muchos aspectos de nuestra vida, así ha sido, solo interrumpidos de vez en cuando por los casos de corrupción política, cohechos y demás que nos han provocado a menudo ganas de vomitar, Sr. Duque.

     

    Por otro lado, hemos visto en el cine americano montones de películas de ambiente judicial en las que se dejaba claro que unos abogados de prestigio siempre podían buscarle las triquiñuelas al sistema para salvar a los poderosos. Aunque, como se trataba de cine, a veces ganaba el abogado pobre y prevalecía la justicia, se veía como el acusado rico era preparado por sus letrados sobre lo que tenía que decir, cómo vestirse, qué actitud tomar, cuándo no contestar, etc. Se buscaba la salvación del acusado por más que se supiera que era absolutamente culpable. Los abogados defensores están para eso, dicen.

     

    Y en todo esto pensaba yo al verlo a usted este fin de semana y al leer lo que se ha filtrado de su declaración. Su llegada al juzgado en un cochecito de gama baja, cuando lo hemos visto en impresionantes coches y sabemos que vive en una casa que ha costado varios millones de euros; elegir llegar, al menos, los últimos metros, andando despacio, cuando bien que corría hace unos días huyendo de los periodistas; vestirse elegante pero sencillo; hablar con los informadores para decir unas palabras que huelen cosa repetida cien veces frente a un espejo; insistir en echarle todas las culpas a su socio, como si usted, presuntamente, no hubiera estado allí siempre, como si no hubiese ocurrido que hasta su suegro, el Rey, le hubiese dicho que dejara de una vez todos eso negocios tan lucrativos.

     

    Da la impresión de que hasta el último detalle ha sido preparado a fondo por esos abogados tan competentes. Todo suena a ensayado, a aconsejado por los que saben de esto de la justicia. Y uno no deja de pensar en los delincuentes desgraciados que están en la cárcel por robar un banco, por traficar con algo de droga o por otros delitos de unos miles de euros, porque el abogado que les tocó era una persona sin experiencia que no ensayó a fondo lo que tendría que hacer y decir. Incluso no tendrían forma física para aguantar un interrogatorio y las tensiones de tantas horas, como un deportista de su talla.

     

    ¿Habrá usted convencido al juez? A mí, muy poco. Lo siento.

     

     

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