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Enrique Nieto


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  • 15
    Marzo
    2012

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    Tienes un Email: A/A de Alberto Ruiz Gallardón

    Ministro de Justicia

     

     Sr. Ministro, que lo es,

     

    Le escribo a usted por lo del aborto, por eso que dijo de que la estructura actual casi fuerza a la mujer a abortar. La verdad es que sus palabras han conseguido sorprender a todo el arco ideológico, que se dice: a los más conservadores porque siempre lo han considerado a usted progre de más, y a los progresistas porque no podían imaginar que pensara así después de tocarle las narices a la derechona en tantas ocasiones. Pero, en fin, así es la vida: uno nunca conoce del todo a nadie hasta que lo hacen ministro y saca lo que lleva dentro, ahora que puede.

     

    Tras mucho pensar en esta carta, he decidido contarle a usted dos sucedidos sobre el aborto que, de alguna manera, me han tocado cerca. Siempre he pensado que este delicado tema le compete solo a la mujer y que es ella la que ha de tomar la decisión que considere necesaria para su vida, por más que a muchos nos duela, y que el sistema ha de proporcionarle los medios para que esa decisión, sea abortar o tener a su hijo, se lleve a cabo con las máximas garantías. Quizás estos casos que le voy a contar puedan ilustrar lo que quiero decir.

     

    A mediados de los setenta, fui a comprar carne a mi carnicería habitual regentada por un matrimonio joven que tenía tres hijos pequeños, nacidos con diferencias de un año. La mujer no estaba en el mostrador, y pregunté por ella a su marido. ‘¿Es que no te has enterado? Está en el hospital. A punto de morirse ha estado. Es que se metió el perejil’, me respondió el marido casi a punto de llorar. Alguien me explicó después lo que había sucedido, que era una forma muy habitual de abortar en las clases bajas de la sociedad por aquellos años. La mujer, cuando se daba cuenta del embarazo, se metía en la vagina un ramo de perejil y lo dejaba allí unos días, resultando que, bien por la infección que se le creaba, o por que el perejil fuese realmente un abortivo, perdía el feto, si no se moría ella por una septicemia o desangrada, que era también bastante corriente.

     

    El segundo caso es este: A principios de los ochenta, una señora, arreglando un cajón de la habitación de su hija, que ya no vivía en casa, encontró una factura de una clínica de Londres por la ejecución de un aborto, fechada cinco años atrás, cuando la chica tenía dieciocho años. Yo hablé con la joven porque era una persona de mi entorno y me explicó lo sucedido: ‘Me quedé embarazada, estaba haciendo COU y él era un compañero de 3º de BUP con el que tuve un rollito. Para poder irme a Londres, pedí prestado a las amigas el dinero, y con algo que yo guardaba en una cartilla tuve suficiente. Un fin de semana, le dije a mi madre que me iba La Manga a estudiar un examen en casa de una compañera. Viajé sola, tomé el avión en Alicante y llegué a Londres, me hicieron el aborto el sábado (en la clínica coincidimos varias españolas) y el domingo me volví. Fue horrible pasar aquello allí sin nadie a mi lado. Tenía muchísimo miedo y creía que me iba a morir, pero a ver qué hacía. Conseguí que solo unas amigas se enteraran’.

     

    Pues que eso, que ahí tiene usted estos casos, absolutamente reales y corrientes en otros tiempos, para su consideración personal y la de algunos otros.

     

    Un saludo

     

     

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