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Enrique Nieto


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  • 13
    Mayo
    2014

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    Pintando al Fresco: Vergüenzas

        La diputada regional del Partido Popular en Murcia, Ana Guijarro, ha presentado recientemente una moción en la Asamblea Regional, que ha sido aprobada por la mayoría absoluta de este partido, para que las chicas embarazadas puedan estudiar a distancia, si no quieren asistir a clase, dado su estado. La idea en sí misma no me parece ni buena ni mala. Creo que se corresponde con una forma de ver este asunto ideológicamente clara, y que, en el fondo, tiene que ver con el rechazo al aborto de una parte de la sociedad. Quizás piense esta diputada y los que han votado a favor de su propuesta que así se pueden evitar interrupciones del embarazo, o, incluso, que puede haber chicas en estas condiciones de vergüenza ante su situación. Es una forma de pensar, tienen su mayoría y debe ser respetada.


        No asistí al pleno en el que se debatió la propuesta, pero sí pude, además de lo que he leído en los medios, ver y oír una parte del debate en un programa de humor de la televisión nacional. Allí se mencionó algo de la argumentación escrita de la diputada en la que se decía que ‘la ley trataba de evitar la vergüenza de las chicas ante sus compañeros debido a su estado’, entre otras observaciones, cuál de ellas más atrevida, como si, aparentemente, la diputada conociera perfectamente los sentimientos y las actitudes de estas jóvenes. Pero lo que más me llamó realmente la atención fue la actitud y las palabras, es decir, las formas de la diputada durante el debate. El presentador de la televisión, cuando acabó el corte en el que se veía a la Sra. Guijarro argumentar y responder a la oposición, dijo: ‘A mí sí que me da vergüenza oírla a ella’. A pesar de la dureza del comentario, algo sí que compartí su opinión. No comprendo cómo los que dirigen su grupo permitieron a la diputada dar esa imagen del PP en defensa de esta historia o de cualquier otra.


        Por otro lado, me gustaría decir que, en mis decenas y decenas de años de profesor de instituto, me he encontrado en varias ocasiones con alumnas embarazadas en el aula, a veces, muy jóvenes. En general pertenecían siempre a dos estratos sociales: o eran hijas de gente muy religiosa que no había querido que a la chica se le practicara un aborto, o pertenecían a una familia de gente sencilla y sin formación a la que ella no les había dicho nada del embarazo, por miedo a la reacción de los padres, hasta que la obviedad de su estado le había obligado a ello.


        Al ser tan jóvenes algunas de ellas – en una ocasión, en un 3º de la ESO coincidieron dos en estado en el mismo curso – no digo yo que algún compañero o compañera no hiciera una broma de mal gusto, al enterarse por primera vez del preñado de la chica, pero, en general, la reacción de todos y todas ante su estado era siempre de un gran afecto, incluso de ternura. Según avanzaba el embarazo notabas que estaban más pendientes de ella, le ayudaban en cualquier ocasión que le resultara un esfuerzo físico, le traían y le llevaban cosas. Cuando se acercaba el momento del parto, recogían dinero entre todos para regalarle algo. Y los profesores obrábamos de igual manera, dándole toda la comprensión y el afecto que sentíamos, sobre todo al comprender la tremenda responsabilidad que la chica, tan joven, había adquirido.


        Ni una sola vez en estos casos, detecté la más mínima vergüenza en las jóvenes en el contexto del aula. Es más, pienso que la cercanía de sus compañeros, sobre todo de sus compañeras, les venía muy bien para no perder el contacto con su realidad y por eso permanecían allí hasta el final del embarazo.


        El año pasado, me encontré en la calle con una de aquellas chicas de 3º de la ESO que había sido madre  - hace ya quince años, o sea, que ella debe estar por los treinta -. Nos saludamos y le pregunté por su hija –tuvo una niña-. ‘Mira, más que mi hija es como si fuera mi hermana, porque realmente la crió mi madre. Esta hecha una mujer. Yo me casé hace tres años y tengo un niño. A veces, ella me lo cuida’, me contestó, y me lo dijo sin ninguna vergüenza, aunque eso sí, con una cierta tristeza en la mirada.
     

     

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