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Enrique Nieto


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  • 14
    Marzo
    2014

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    Pintando al Fresco: Una explicación

        La ‘Crónica de un instante’ que escribí el martes pasado en la última página de este periódico ha provocado dos cartas de lectores a mi correo electrónico que me han mostrado su desacuerdo con la opinión que daba sobre el programa ‘Operación Palace’ de Jordi Évole en la Sexta. A ambos les he respondido personalmente, y, aún siendo cierto que también ha traído consigo buenas opiniones de personas a las que ni siquiera conocía y que me han abordado para decirme que compartían lo que había escrito, (la verdad es que ha habido muy diferentes consideraciones sobre ese programa en toda la prensa nacional) me gustaría hoy ampliar aquí algo que en la crónica solo se mencionaba y que puede aclarar aún más por qué le hice esa crítica. Cada uno de los que vivimos el 23f tenemos una historia que contar de ese día. Esta es la mía.


        En 1981 yo era jefe de estudios de un instituto de Cartagena que contaba con más de dos mil alumnos. La tarde del 23 de febrero supimos del golpe de estado y lo primero que decidimos el director y yo fue que debíamos procurar que todos esos chicos y chicas que estaban en las aulas llegasen a sus casas lo antes posible, dado que sus familias tendrían la preocupación normal ante una situación como aquella. Fui personalmente a cada una de las aulas, hice salir al profesor que estaba dando clase, le expliqué la situación que todavía desconocía y después pasé a hacer lo mismo con cada grupo de alumnos. Traté de no asustarlos, pero les dije que convenía que se marcharan a casa. Pregunté en cada clase si había alguien que tuviera problemas de transporte (algunos de ellos vivían en pueblos más o menos cercanos) y los que estaban en esas condiciones los llevé a mi despacho, desde el que llamamos a familiares que pudieran recogerlos. En general, aunque preocupados, los chicos y chicas lo tomaron con tranquilidad, pero algunos realmente se asustaron. Hubo llantos y muchos nervios, y tuvimos que hacer todo lo posible por calmarlos, hasta que, poco a poco, el centro se quedó vacío después de una tarde realmente difícil.


        Apenas dos horas después del golpe, estando el director y yo en el despacho haciendo llamadas a padres y otras gestiones, un profesor mayor que conocíamos como activo franquista en la época anterior entró en la oficina, dijo ‘buenas tardes’ y se sentó. Nos miramos y le pregunté qué quería. ‘Me han llamado por teléfono y me han dicho que debo estar aquí esperando instrucciones que llegarán de un momento a otro’, nos dijo con una mirada desafiante. La indignación que me atacó fue tremenda y lo mismo le ocurrió al director. Ambos le gritamos que se fuera de allí inmediatamente, y el así lo hizo lanzando alguna amenaza como: ‘Allá vosotros. Lo que os caiga será por vuestra culpa’ y cosas así.


        Poco después llegó un fax. Era el bando de Milans del Bosch. En el se nos comunicaba que el director y yo, como funcionarios con estos cargos, estábamos movilizados militarmente, incluso con categoría militar, es decir, con galones. Debíamos estar preparados para que nos llamasen en cualquier momento. Aquello fue para nosotros como si nos hubiera caído una plancha de hierro en la cabeza.


        Por fin cerramos el instituto y nos fuimos a nuestras casas. Yo conduje el coche por las calles absolutamente solitarias de mi ciudad. Al pasar por una de ellas oí un estruendo de motores a lo lejos. Eran los tanques que bajaban por la carretera de Tentegorra desde su acuartelamiento. La sensación de terror fue realmente grande.
        Cuando llegué a casa allí estaban mis cuatro hijos, pequeños todavía, y mi mujer muy asustada porque ya era tarde y las malas noticias se multiplicaban. Llamé al alcalde de Cartagena, Enrique Escudero de Castro, socialista, un amigo de siempre. Estaba en el ayuntamiento. Había mandado encender todas las luces del edificio y se mantenía en su despacho. ‘De aquí, por las buenas, no me mueve nadie’, me dijo.    Fui a casa de un vecino, otro político de izquierdas y le ofrecí mi estudio para esconderse. Me lo agradeció pero ya había quedado con unos compañeros y se iban a una casa de campo. Luego vino la espera y por fin la salida en TV del Rey, y el fin de aquella pesadilla.


        ¿Comprenden ahora por qué el otro día me indigné tanto con el tratamiento del programa de Évole del 23f? Bromas con aquello, conmigo, ninguna.
       

     

     

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