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Enrique Nieto


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  • 28
    Enero
    2016

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    SOCIEDAD Murcia

    Pintando al fresco: Un retrato de Miguel Navarro

        Cuando un pintor le ha hecho un retrato a alguien y esta persona se muere la melancolía más profunda suele inundar el cerebro del autor, aunque, en este caso, lo que llevé a cabo fuera casi un apunte con diferentes técnicas de grafito, carboncillo, etc., como siempre, traté de captar algo más que las facciones de Miguel Navarro, quizás un poco de su espíritu, de lo que hay detrás del rostro que estaba dibujando. Por entonces, en 1.991, él era un hombre de 39 años, lleno de vida, de ganas de trabajar, de hacer esa política que le corría por las venas. Toda aquella legislatura – 1987 – 1991 – escribí crónicas parlamentarias de las actividades de la Asamblea Regional, y también traté de presentarles a los ciudadanos la parte más personal de las vidas de los hombres elegidos para representarnos a todos los murcianos (solo hombres, ni una mujer) en unos perfiles que se publicaron en prensa. Con esos trabajos se hizo un libro ilustrado con los retratos de los cuarenta y cinco diputados que yo dibujé, y que se editó con el título de ‘Las Señorías nuestras’, con prólogo del inolvidable catedrático de Derecho Romano Antonio Díaz Bautista.


        Miguel Navarro era por entonces el Presidente de la Asamblea Regional y un hombre empeñado en que aquel lugar de tan dudosa decoración se convirtiera de verdad en el punto importante para la política regional que debía ser y que no era. La localización de el parlamento murciano en Cartagena fue desde el principio una cuestión aceptada de un modo muy regular por los políticos, fundamentalmente por los que componían el Ejecutivo, consejeros, secretarios o directores generales, que, al fin y al cabo, eran los que tenían que darle vida a la Asamblea, los que provocaban controversias y debates que podrían ser de interés para los ciudadanos. Por otro lado, estábamos los de la prensa, periódicos, emisoras de radio, televisión, etc. que necesitábamos un interés informativo para poder ocuparnos de ella. Miguel Navarro se puso como meta conseguir que la Asamblea Regional fuese el centro de la vida política que tenía que ser, independientemente de que estuviera localizada en un extremo de la Región, y para ello espoleó a sus compañeros de partido en el poder para que acudieran a dar toda clase de explicaciones sobre su trabajo en el ejecutivo; cuidó a la oposición con detalles como el de darle al Vicepresidente 2º, Carlos Llamazares, miembro del Partido Popular, importantes trabajos representativos, con una confianza total entre ambos a pesar de ser de distintos partidos, y nos trató a los informadores con gran amabilidad, con detalles como, cuando una sesión o un pleno se alargaba mucho, enviarnos unas botellas de agua a nuestros puestos de observación, o decirnos que bajáramos a la cafetería a tomar un café, que él nos invitaba. Nunca, hasta ahora, la Asamblea ha tenido más vida de la que tuvo entonces.


        En lo personal, todos los informadores teníamos una gran confianza con él. Siempre procuraba hacernos el trabajo lo más fácil posible, y a mí mismo, que pasé cientos de horas en aquel lugar tomando notas para escribir, independientemente de que a veces me pusiera borde y lo criticara a él o los demás, me mostraba una buena amistad. Hablábamos de su familia, de su esposa, sus cuatro hijas, y del por entonces pequeño Miguel, su hijo. También nos jugamos alguna partida de dominó – no era tan bueno como el creía, y le gané varias veces; por cierto: él a veces jugaba con un diputado del PP de compañero y yo con uno del PSOE -. Un día, me contó que pasaba tanto tiempo fuera de casa por su dedicación a la política, que apenas veía a sus hijos, y que, al llegar una noche a su casa, entró en el cuarto de estar donde estaban sus cuatro niñas con el bebé y su esposa, y que una de sus hijas dijo: ‘Mira mamá, un hombre en nuestra casa’. Realmente, en aquellos tiempos, su vida era la política.
    Para muchos, ha sido un político controvertido, sobre todo, por su visceralidad, pero lo cierto es que en aquel puesto en el que yo lo conocí consiguió lo que no ha conseguido nadie, al menos, hasta ahora: que la Asamblea Regional fuese un lugar vivo y sentido como nuestro en la política de Murcia.
        Adiós Miguel.

     

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