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Enrique Nieto


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  • 21
    Enero
    2014

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    Pintando al Fresco: Tres abortos

    Mucha gente dice que la nueva ley del aborto del ministro Ruiz Gallardón es un retroceso en el tiempo. Pero, ¿cómo han sido los abortos en los últimos cuarenta años? Quizás en estos tres ejemplos que escribo a continuación, ocurridos en nuestra Región, podamos encontrar el punto al que quieren que vuelvan las mujeres en esta siempre delicada situación..

    Años setenta. Yo siempre solía comprar la carne en una carnicería regentada por un matrimonio joven. Eran personas sencillas, alegres y muy amables con sus clientes. Tenían tres hijos pequeños. Durante unos días la tienda cerró. Cuando volvió abrir, solo el marido atendía a la gente. ‘Mi mujer está enferma’, decía, y no daba más explicaciones. Pero a mí sí me dijo lo que había pasado: ‘Está en el hospital. Se había quedado embarazada otra vez, y, sin que yo supiera nada, se ha metido el perejil. Ha tenido una infección tremenda y ha estado a punto de morirse’. Introducirse un ramo de perejil en la vagina y mantenerlo dentro durante unos días fue un abortivo habitual en esa época y en las décadas anteriores entre gente sin formación. Como es natural, se pudría, y provocaba el aborto, y, a menudo, una infección generalizada. La alternativa era acudir a una curandera, que las había y con métodos muy peligrosos, porque normalmente introducían una aguja de tejer y pinchaban lo que se encontraban. A veces la mujer moría desangrada.

    Años ochenta. Un amigo viene a mi estudio. Ha encontrado entre las cosas viejas de su hija, que ya no vive en su casa, un papel escrito en inglés que no sabe lo que significa exactamente, pero que le hace sospechar algo porque la palabra ‘abortion’ aparece. Se lo traduzco, y, efectivamente, es una factura de una clínica de Londres donde se dice que su hija abortó hace seis años, cuando tenía dieciocho. Mi amigo está terriblemente impresionado y muy nervioso, así que trato de tranquilizarlo. Discutimos si era bueno que ahora hablara con ella después de todo ese tiempo, pero él insiste en hacerlo. Unos días después vuelve. Ha tenido una conversación tranquila y ella, entre lágrimas, le ha explicado cómo fue todo aquello. Se quedó embarazada, su noviete y los demás amigos reunieron el dinero para el viaje y la operación, y, un fin de semana, dijo a sus padres que se iba a La Manga a estudiar en casa de una amiga. El viernes, voló a Londres, sola, el sábado, abortó y el domingo volvió a España. Apareció en su casa por la tarde, dijo que estaba con gripe y se acostó. Lo peor, decía la chica, el miedo que había pasado sin tener a nadie al lado en todo ese horrible trance.

    Años noventa. En el instituto doy clase a alumnos de Formación Profesional de Segundo Grado y soy tutor de un grupo. Un día, al acabar su clase, una chica se me acerca y dice que quiere hablar conmigo. La escucho y, en un estado de gran tensión, me dice que está embarazada y que necesita abortar. Me cuenta las circunstancias: tiene un novio desde hace cuatro años que en ese momento lleva casi seis meses trabajando en Francia. Un fin de semana de agosto –estábamos en octubre- ella y su grupo de amigas se habían ido a Mazarrón a pasarlo bien. Salieron por la noche, se fueron de discotecas, conocieron a un grupo de chicos madrileños, bebieron, bailaron y la cosa acabó con un revolcón en la playa. ‘Fue una idiotez, pero estaba bastante borracha’, me confiesa. ‘Y me he quedado embarazada. Yo quiero a mi novio, deseo seguir estudiando, y tener una vida normal. Sé que he cometido un error, pero no voy a tirarlo todo por la borda. Y no puedo decírselo a nadie de mi familia porque se armaría una muy gorda. Por eso te lo digo a ti, porque eres mi tutor y, además, te tengo confianza. Quiero que me ayudes, que me orientes en lo que hay que hacer, porque no tengo ni idea’.

    Poco a poco la tranquilizo. Le insisto en que es absolutamente necesario que alguien de su familia lo sepa. ‘Yo no puedo decirle esto a ninguno de ellos’, me responde varias veces. Entonces, me ofrezco a ser yo el que hable con quien ella me indique. Tras discutir un rato, admite que sea su hermano mayor, que trabaja en una tienda de Murcia. Al día siguiente lo llamo. Le digo que quiero hablar de los estudios de su hermana, pero que es mejor quedar fuera del instituto. Así lo hacemos, y, delante de un café, en un bar, con el mayor tacto posible, le explico lo que hay. Reacciona bien, dentro de la situación, y me contesta que él se encargará de todo. Poco tiempo después, un día veo llegar a mi alumna a clase. Está pálida y con grandes ojeras. Me mira, y entiendo que ya ha pasado. Nunca volvimos a hablar de aquello.

    Pensemos nosotros lo que pensemos, es esto son las mujeres las que deben decidir.

     

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