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Enrique Nieto


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  • 07
    Diciembre
    2014

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    Pintando al Fresco: Tal como éramos

        Ante el panorama de corrupción y malas artes en el que estamos inmersos, creo necesario que este artículo sea escrito, por mí o por cualquiera que tenga información, o que viviera desde dentro cómo fueron las cosas en aquellos primeros tiempos de la democracia. Todo lo que van ustedes a leer aquí es cierto, aunque voy a omitir los nombres de las políticos a los que aludo porque algunos ya están muertos, y porque no quiero identificaciones con las izquierdas o con las derechas. De partidos de todo el espectro trata lo que les explico.


        En la primera legislatura democrática, hubo un alcalde que tenía una pequeña empresa de la que vivía. Durante los cuatro años que estuvo en su puesto político trató de atenderla, pero realmente aquellos tiempos requerían las veinticuatro horas del día la dedicación de los políticos, así que, cuando acabó su mandato, el negocio estaba completamente perdido. Tenía hijos, vivía en una casa de alquiler y se las pasó canutas para rehacer su vida, para volver a ganar el dinero que necesitaba para lo más necesario. No tenía un duro después de cuatro años de política muy activa.


        Otro alcalde decidió, nada más tomar posesión, que todo lo que se trajera de la cafetería del ayuntamiento a su despacho lo pagaría él de su sueldo. De este modo, cuado recibía una visita, institucional o no, y ordenaba que trajeran unos cafés, o un vino para brindar por Suecia, la factura era pagada por su secretaria, y, a fin de mes, cuando llegaba el sobre con el sueldo del alcalde, la funcionaria le retraía el importe de todo lo gastado y le adjuntaba al sobre con una grapa las notas pagadas. Por aquellos tiempos un alcalde ganaba alrededor de cien mil pesetas y solían quitarle unas diez mil de estos gastos. En su profesión particular, se ganaba por entonces unas ciento veinte mil, o sea, que su familia recibía menos ingresos de la política que de su empleo habitual.


        Era absolutamente corriente que un político: consejeros, directores generales, alcaldes o concejales llamaran a un ciudadano, normalmente amigo, o amigo de amigos, para pedirle colaboración en algo de lo que esa persona era técnico o buen conocedor. Los llamados, se sentían, nos sentíamos, encantados de ser requeridos y normalmente hacíamos lo que se nos pedía, dedicándole tiempo y esfuerzo. Jamás se nos hubiera ocurrido que por aquello nos iban a pagar nada, y así sucedía. Para compensarnos, un día, venía un ministro y te invitaban a comer con él, y tú te sentías más que pagado con aquel honor.


        Tanto en los gobiernos municipales como regionales, los funcionarios principales, como los secretarios generales, interventores, habilitados, jurídicos, etc. eran muy respetados, y, antes de tomar una decisión política, se la sometía a su criterio. Si un secretario general de un ayuntamiento decía que algo no era legal, aquello iba a misa, y el asunto se reformaba, si se podía, para que el funcionario lo aprobase, o se dejaba el tema de inmediato, a veces con gran contrariedad de los políticos. Pero los que sabían eran esos funcionarios, y lo que decían se respetaba.


        Cuando se producía un escándalo de corrupción, que eran muy pocos, se montaba la marimorena. Toda España se quedaba atónita, había dimisiones por doquier, los compañeros de partido del corrupto iban por la calle avergonzados, y, en las siguientes elecciones, el partido era castigado sin piedad por los votos de los ciudadanos. Hubo crisis de gobiernos: nacionales, regionales o municipales, en la que se cambiaba a los políticos que habían perdido la confianza de los ciudadanos; los líderes daban la cara ante los medios de comunicación, explicaban las medidas que habían tomado en este o en aquel asunto. Y es que eran eso: líderes.


        De cómo hemos llegado a la situación actual no puedo hablarles. Solo sé que, en algún momento, prevaricar, robar, colocar a los amiguetes para que se forren, cambiar en sus cargos a los funcionarios responsables por otros más maleables, no responsabilizarse de nada, no dar la cara, dejar pudrirse las cosas, jamás dimitir, jamás aceptar que se han equivocado, etc., etc., se puso de moda, hasta llegar a esta mierda en la que estamos inmersos. Pero alguna vez no fue así. Hubo personas en política, y las hay todavía, seguro, con aquellos principios. Y ciudadanos normales que colaboraban, sin interés de ningún tipo, para que esto funcionara. ¿Volveremos los españoles a ser como éramos? No lo sé, señoras y señores. No lo sé. Depende de que los buenos echen a los malos, que sientan asco por ellos y lo demuestren ante nosotros. Lo demás no sirve para nada.
     

     

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