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Enrique Nieto


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  • 15
    Marzo
    2012

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    Pintando al Fresco: Sobrevivir

     Hace unos años, tuve que preparar la documentación necesaria para prejubilarme en la Enseñanza. Necesitaba mi ‘historia laboral’ y fui a pedirla en las oficinas de la Seguridad Social donde me la proporcionaron de inmediato. Era la primera vez en mi vida que tenía ese documento en la mano y así pude descubrir que, en el trabajo como profesor que desarrollé en un colegio privado a lo largo de siete años, solo me habían dado de alta y habían cotizado por mí durante dos cursos, de septiembre a junio, y el resto no constaba. Llamé por teléfono a esta empresa y hablé con su responsable. Me respondió tranquilamente que ‘entonces se hacía así’ (era a principio de los setenta) y también me dijo que ya habían surgido varios problemas como el mío, y que los profesores afectados lo habían denunciado ganando siempre el contencioso, porque, entre otras pruebas claras de nuestro trabajo, existían actas con las notas de los alumnos de esos años firmadas por los que dábamos las clases. Yo le indiqué que solo denunciaría si, con las cotizaciones que tenía, no podía acceder a la prejubilación. Afortunadamente, no hubo necesidad de llegar a ello, porque, a la vez que estudiaba, siempre estuve trabajando en esto o en lo otro y resultó que en aquellos empleos sí me habían dado de alta, sumando las suficientes cotizaciones para retirarme de las aulas al añadir estas a los años que fui funcionario.

     

    Les cuento lo anterior porque ayer fui testigo de un hecho que me retrotrajo a tiempos pasados. A las ocho de la tarde, en un pequeño bar, tomaban algo de merienda tres albañiles con su jefe. Las ropas de los trabajadores estaban manchadas de yeso y era obvio que los estaba invitando después de un día de curro en la obra. Cuando salieron a la calle, el jefe sacó un fajo de billetes del bolsillo, les dio una cantidad a cada uno –sobre cincuenta euros, me pareció ver – y se despidió de ellos con un ‘hasta mañana’. Uno le dijo: ‘acuérdese de que faltan ladrillos para acabar el tabique’, a lo que él respondió: ‘a primera hora los traeré yo mismo’, y se marcharon.

     

    Creo con toda seguridad que fui testigo de un hecho de los llamados ‘economía sumergida’ con pago diario en dinero más negro que mi corazón, y me dio la impresión que, encima, los obreros estaban felices de haber ganado ese jornal, supongo que por la escasez de trabajo en su gremio, y que este caso es uno más del veinticinco por ciento de este tipo de ‘actividad empresarial’ que se reconoce a nivel oficial y que se nutre de gente que no tiene más posibilidad de supervivencia que la de aceptar cualquier oferta, por más ilegal que sea, para sacar a su familia adelante. Ya no se trata de trabajar pensando en que, al hacerlo, estás cotizando para pagarte una jubilación cuando seas mayor; tampoco se trata de mantener con tus cuotas la seguridad social de todos los que ahora la utilizan pensando que otros más jóvenes pagarán la tuya. Para estas personas, ahora todo se resume a cómo conseguir algo de dinero del que sus hijos coman, o que un banco no los desahucie de su casa. Los demás sentimientos, todas las previsiones de futuro, cualquier otra premisa que no sea sobrevivir ha quedado apartada de las mentes de estos profesionales, normalmente buenos en sus oficios, trabajadores esforzados que disfrutaron, hace apenas unos años, de un empleo estable y bien pagado.

     

    Estamos como en aquellos tiempos del cuplé cuando yo comenzaba a dar clases. 

     

     

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