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Enrique Nieto


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  • 03
    Junio
    2013

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    Pintando al Fresco: Queso con gusanos

    En la cárcel, la visión de personas condenadas a pasar años de sus vidas en ese lugar te impresiona, pero no hay agresividad en el ambiente, ni sueles sentir miedo alguno. Los presos deambulan por los pasillos, se hacinan en las celdas o toman el sol en los patios, y tú los ves como si estuvieran en su medio natural. Suelen permanecer en pequeños grupos que charlan o discuten, y muchos llevan impreso en sus rostros el estigma de la droga. En las prisiones es una costumbre aceptada que el que venga de fuera no pregunte por qué este o aquel interno se halla allí cumpliendo condena, así que puedes estar hablando con alguien que ha matado a una persona sin tener la menor idea de ello. Creo que lo que sientes es algo así como que aquel es su sitio, que todos esos ladrones, traficantes, asesinos o violadores tienen su lugar en esa prisión y que estás asistiendo al desarrollo normal de sus vidas.
     
    En esto de la delincuencia, los que no nos dedicamos a su ejercicio sabemos que existe, que está a nuestro alrededor, pero es terrible cuando nos toca en nuestro propio vecindario. Un día, nos enteramos por la prensa que alguien que vive cerca de nuestra casa, con una aparente vida parecida a la tuya, ha sido capaz de matar, o de encargarles a otros que asesinen previo pago de su importe. El ser humano ha matado siempre; mataba cuando era un mono, cuando era homínido y cuando llegó a homo sapiens (el otro día vi un documental en el que se explicaba una nueva teoría de la desaparición de los neandertales: que los sapiens les daban caza y se los comían), pero resulta absolutamente impresionante cuando te enteras de que aquí, en El Fenazar, donde 
    estuvo mi suegro destinado como maestro, cortaran en pedazos a un hombre y a una mujer, y los enterraran en Alquerías, a donde fui la semana pasada a ver los cuadros de un pintor amigo. Estas cercanías aterran.
     
    Todo es presunción cuando esto escribo, pero he visto la foto del que llevó a la policía al sitio donde estaban enterrados los cuerpos troceados de las víctimas. O sea, que ese de la gomina, el de la foto del partido de voleibol que le pidió a una amiga cal y una sierra, es, presuntamente, uno de ellos: el que los mató, o el que los troceó, o el que los enterró, o, lo que parece más seguro, el que contrató a los otros para que lo hicieran. 
     
    Ese hombre joven, uno de tantos con los que te cruzas en la Gran Vía de Murcia, o que compra en una gran superficie con un carro que choca con el tuyo, puede ser un asesino.
     
    Y ya este suceso pasa a la historia de los crímenes murcianos más o menos recientes: el joven de la catana, la envenenadora de La Unión, el asesinato del vendedor de golosinas de Murcia, los que mataron al anciano de Molina; todos ellos cometidos por gente normal que vivía cerca de nosotros en calles y plazas que conocemos, vecinos de la casa de al lado a los que sus conocidos saludaban, quienes, ante los micros de las teles, declaran que esos seres parecían buenas personas, gente que no daba problemas, un poco estirado aquel, algo rara aquella, pero lo cierto es que allí estaban, planeando quitarle la vida a alguien, en medio de una sociedad que los sentía como parte de ella.
     
    En la cárcel, como les decía, los ves en su lugar, y, cuando te enteras de que ‘este tiene para veinte años’, te hace pensar en cómo estarías tú si te quedara todo ese tiempo allí encerrado, incluso puedes llegar a sentir algo de lástima, y hasta una cierta empatía cuando los delitos no son tan bestiales. Pero, si se producen estos sucesos en lugares tan familiares, en calles que conoces, en casas que has visto al pasar, la conmoción es tremenda. Es como si tu mundo fuera un queso aromático y perfecto de sabor por el que circulan gusanos venenosos.

     

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