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Enrique Nieto


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  • 28
    Octubre
    2013

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    Pintando al fresco: Que Dios se lo pague

      
        Hubo un tiempo ya lejano –finales de los cuarenta y buena parte de los cincuenta del siglo pasado – en el que la caridad, más o menos cristiana, era un asunto muy presente en la vida de una gran parte de la población española. Esta actividad fue perfectamente retratada en la película ‘Plácido’, de Berlanga, que mostraba, entre bromas, cómo era realmente la sociedad en la que vivíamos, pero dando en el clavo unos martillazos de mucho cuidado.  Así era la España de aquel tiempo: unas cuantas familias ricas (algunas, buena gente) y muchas familias pobres como ratas e individuos solitarios que vivían de la  caridad: ciegos, tullidos, republicanos que habían perdido todo en la guerra, gente que trataba de sobrevivir como fuese. Eran personas que cada día extendían su mano en la calle pidiendo limosna o acudían a algún centro religioso donde le daban un plato de sopa y un poco de pan para matar el hambre.
     

        Un ejemplo más –este sacado de la realidad y no del cine - de cómo era aquello: en Navidad, los ricos, los concejales y demás repartían entre los pobres unas tarjetas para conseguir una bolsa de alimentos. En Cartagena, el día de Nochebuena, esa entrega de comida se llevaba a cabo en un edificio que se llama ‘La Casa del Niño’, en cuyo patio se montaban unos puestos sobre los cuales se ponían las dádivas: aquí pan, allí un poco de carne, unas patatas, algo de aceite, etc. En la puerta se formaba una cola de pobres con su tarjeta en la mano y una capaza, a los que iba dejando pasar, sin apreturas, un guardia municipal. Una vez que entraban, iban recorriendo los puestos donde unas señoras bien embutidas en sus abrigos (hacía un frío tremendo, lo recuerdo, aunque yo era un niño) les entregaban los alimentos. Los pobres decían al recibirlos: ‘que Dios se lo pague’, o ‘Que la Virgen de la Caridad se lo premie’, y pasaban a otro puesto donde se les entregaba otra cosa y repetían la misma jaculatoria.
     

       Jamás traería aquí estas historias sino fuese porque cada vez se ve más claro que la caridad ha vuelto a hacerse absolutamente patente en la vida española. Y no hablo de solidaridad, ni de servicios sociales, hablo de pura caridad. Con el desarrollo de la democracia, ese concepto de dar limosna a los pobres por lástima y, a menudo, para calmar la propia conciencia, se había desvanecido. En los ayuntamientos existían unos servicios sociales que funcionaban, con concejales y empleados públicos que  conocían a las personas que llegaban a solicitar una ayuda, y los que pagábamos impuestos nos sentíamos relativamente tranquilos porque sabíamos que si nosotros vivíamos bien, los menos afortunados, al menos, tenían lo más necesario proporcionado por esos impuestos. Imaginábamos que el primer dinero a gastar por parte de los que gobernaban era para eso: para que a nadie le faltara lo más necesario. Esos servicios, en muchas ocasiones, ahora se limitan a mandar al necesitado a una institución de caridad o de solidaridad a que allí sea atendido porque, dicen, no tienen presupuesto.
     

        Actualmente hasta en TVE hay un programa en el que se muestra un caso de necesidad, allí en público, sin la discreción que requiere siempre la solidaridad, y se pide ayuda, y salta en antena la persona conmovida que va ayudar al necesitado. ¿Por qué, en vez de este escarnio, si alguien necesita algo tan urgentemente no se pone en conocimiento de las autoridades para que, con nuestros impuestos, lo paguen en vez de pagar otras cosas: un asesor, una dieta de viaje, una factura de una cena de trabajo, etc.?
     

        El otro día, en la plaza de Las Flores de Murcia, una anciana española pedía limosna. Le di unas monedas. Me dijo: ‘Que Dios se lo pague’. Se me pusieron los pelos de punta.
     

     

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