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Enrique Nieto


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  • 24
    Septiembre
    2013

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    Pintando al Fresco: Presencia

    Durante mucho tiempo me he resistido, pero ya no lucho más, y he aceptado que el móvil es un elemento que ha de estar presente en materialmente todos los momentos de mi vida diaria. Unos meses atrás, cuando comía o cenaba con amigos o familiares en un restaurante, guardaba mi teléfono en el bolsillo y procuraba no utilizarlo para nada durante esas horas. Solo si me llamaban, educadamente pedía perdón, me levantaba y hablaba lo necesario. Pero eso se ha acabado. Ya, cuando llego a una reunión de este tipo, saco el móvil, y, como los demás, lo pongo sobre la mesa. Si los otros me enseñan el vídeo tan gracioso que han recibido, yo les muestro otro, e intercambiamos chistes sobre el inglés de Ana Botella. Es decir, el móvil, ya lo he aceptado, es un elemento más de socialización. Para esta labor, antes se utilizaba la conversación, el intercambio de información, el comentario de actualidad, la anécdota que viene al pelo para el tema. No es que ahora todo esto no exista, pero ese aparato se ha convertido en el ilustrador, en la parte de imágenes que antes eran imaginadas al seguir la conversación y que ahora son como los dibujos o las fotografías que acompañan los textos.

    El proceso mediante el cual las cosas han llegado a este punto es digno de estudio. Los mayores nos hemos ido adaptando, pero ya hay una generación – la que tiene ahora sobre veinticinco años – para los que, desde su adolescencia, el móvil se ha convertido en una prolongación de su cuerpo, en un miembro más, como un pecho o el pene, y no me digan que exagero, porque está demostrado que unas horas sin él pueden producirles a muchos de ellos una inestabilidad emocional importante, o incluso, una verdadera crisis de ansiedad. 

    Y está claro que este chisme les ha dado unas posibilidades de comunicación con los demás, unos accesos a la información de todo tipo, servida al instante, que los convierten en otras personas. Este verano he visto a muchos adolescentes de vacaciones en la playa, algunos jovencísimos y absolutamente todos llevaban su teléfono en la mano, continuamente utilizado mandando whatsapps, escuchando música, accediendo a las redes sociales. En los apuntes que hago los domingos, escribí algo que les escuché y que aquí repito. Dos críos, de nos más de trece años, estaban sentados en una terraza que tenía wifi dándole a los botones de sus teléfono. Uno de ellos, le dice al otro: ‘¿Quieres ver porno?’ y el otro le responde con desgana, ‘Vale, pero poco, que he quedado a la 12’. 

    El problema es que no sé si los adolescentes y los jóvenes controlan ya este tema. Ayer, solo ayer, vi a tres chicas y a un chico parados cada uno en su coche en un semáforo, esperando la luz verde, dándole a la tecla del teléfono hasta que les llegaba la pitada del de detrás para iniciar la marcha. Les ruego que observen esta situación por ustedes mismos y comprobarán que, en más del ochenta por ciento de estos momentos de espera en el semáforo, hay alguien utilizando el móvil. Y todos saben que está prohibido, pero creo que es superior a sus fuerzas el abandonarlo durante ese trayecto.

    ¿Cuál será el siguiente paso? ¿En qué otra actividad u ocasión vamos a usar el móvil? Si es que queda todavía algún sitio donde no esté presente. 

     

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