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Enrique Nieto


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  • 14
    Enero
    2013

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    Pintando al fresco. Planificando

    El otro día, en mi casa, nos sentamos a planificar la Navidad. Hablamos de cenas y comidas, de regalos, de cuestiones que hay que prever porque tenemos una familia amplia y nos hay más remedio que prepararse a fondo. Somos veinte y unos vendrán tal día a comer, y otros tales días a cenar. Algunos se quedarán en casa a dormir, o sea que habrá que tener bastantes cuestiones resueltas.

    Imagino que en muchos de ustedes estarán haciendo lo mismo, y, salvando a los ricos, al igual que nosotros viendo cómo todo pueda quedar lo mejor posible pero bajando el presupuesto un cincuenta por ciento de lo del año pasado, cuando ya entonces lo bajamos otro cincuenta por ciento. Por nuestra parte, utilizamos la técnica del ‘brain storming’ y surgieron ideas que aceptábamos o rechazábamos dependiendo de su efectividad, y lo curioso es que, al final, llegamos a buenas opciones: para la cena tal: calamares rellenos de carne, para la comida cual: un cóctel de mariscos con langostinos congelados y rape ídem que sale buenísimo, para los niños: solomillo de cerdo cortado muy fino con una salsa blanca de nata y queso, etc. etc. Ya ven que la cosa tampoco va de pasar hambre, pero todo está muy en función de su presupuesto y de que sean comidas que resulten especiales para que se note que estamos en Navidad en una casa de los que todavía pertenecemos a la clase media, y en la que, GAD, aún no nos hemos derrumbado al fondo en el que tantos otros se hallan, aunque ya hayamos bajado unos cuantos escalones hacia el abismo.

    En el tema de regalos un presupuesto inflexible. Para los matrimonios, algo que pueda servir para ella y para él a la vez, por ejemplo: una cosa para la casa, y para los críos vamos a echarle imaginación procurando que sea una cosa que los sorprenda por inusitado, pero desechando cualquier avance tecnológico en temas de electrónica y tal. Lo que quiero decir es que vamos a tratar de pensar muy bien qué le puede hacer ilusión a cada uno, dada su personalidad, pero que raramente su regalo va a ser de los que anuncian en la tele.

    Y ustedes se preguntarán para qué demonios escribo yo aquí todo esto de mi casa y de mi familia. La respuesta está en algo que he notado estos días en algunas personas con las que he hablado. En general, el pesimismo es total y, aún sabiendo que tienen razones para ello porque aquí el que no lo tiene en la pata, lo tiene en la oreja, que se dice, parece ser que no inflarse a cigalas o comer foie hasta que le salga a uno por los ojos, en Nochebuena, para algunos es ya como haber perdido a alguien de la familia.

    Todos hicimos idioteces con el consumo cuando lo de las vacas gordas, hace unos años, (aunque unos más y otros menos), pero, a mis cortas luces, en vez de sentirse miserable porque ya no se puede comer ostras, podríamos echar el resto en la alegría de pensar que todavía podemos comernos un langostino momificado de esos que venden a nada el kilo, ahogados en mayonesa o en salsa cóctel para que se pongan un poco más jugosos, mientras que otros van a cenar lo que les den en el banco de alimentos.

     

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