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Enrique Nieto


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  • 31
    Enero
    2012

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    Pintando al Fresco: Periodistas

      Al ser hoy, el día que esto escribo, San Francisco de Sales, patrón de los periodistas, se me ha ocurrido sacar la cuenta de los años que llevo escribiendo en los periódicos y resulta que me sale la bonita cantidad de treinta y siete. Como aquel que dice, soy un testigo directo de lo que ha sucedido en los medios de comunicación durante todo ese tiempo, siempre desde la posición de colaborador canallesco, o de articulista de opinión, que suena mucho más guay. Las cosas de la prensa escrita han ido sufriendo cambios durante todo este tiempo para llegar a la situación actual en la que a todo el mundo le ha dado por decir que el soporte papel se acaba porque las nuevas tecnologías se lo van a comer con patatas fritas, cuestión esta que yo no me creo.

     

    Cuando comencé, allá por el año de gracia de 1975, las redacciones de los periódicos eran unos lugares bastante cutres donde convivían viejos periodistas que habían aprendido el oficio a base de años de práctica con unos nuevos chicos recién llegados que eran licenciados en periodismo. El choque generacional se palpaba en aquellos ambientes llenos de humo de tabaco en los que el tableteo de las teclas de las máquinas de escribir hacía pensar que estabas en una trinchera de la guerra del catorce. Por darles un ejemplo, había un periodista de la vieja escuela en la primera redacción que yo pisé que escribía a máquina solo con el dedo índice de la mano derecha y utilizaba el de la izquierda para darle a la tecla de mayúsculas y a la de avance y retroceso. No se pueden ustedes imaginar con la velocidad que aquel hombre movía su dedo por encima del teclado mientras silabeaba bajito las palabras que estaba escribiendo, que, por cierto, estaban muy bien redactas. 

     

    Eran sedes de periódicos, y así lo he visto durante muchos años, donde, de pronto, a las nueve de la noche saltaba una noticia local de interés y todo el mundo se movilizaba. El director gritaba al teléfono, el redactor jefe mandaba con órdenes rápidas a los redactores al lugar donde se había producido, los fotógrafos salían corriendo y a mí o a otros nos llamaban para que escribiéramos un comentario de cien palabras sobre la tal noticia. Se levantaban las páginas ya hechas, se maquetaban las nuevas y a las cuatro de la mañana salían los periodistas de la redacción con la garganta rota por el fumete, el cansancio en sus huesos y una satisfacción enorme en sus castigados cuerpos porque una vez más habían cumplido su misión. Eran periodistas y se sentían orgullosos de ello.

     

    Estas actitudes no han cambiado mucho porque si hay un trabajo que motive a los que son de raza es este. Aún con todos los problemas de la crisis que tanto ha afectado al sector, los periodistas son gente que adora su profesión y su presencia sigue teniendo un peso muy importante en la vida política y social de la población, crea opinión pública y es capaz de cambiar el signo de algunas decisiones de los poderosos, lo cual no es moco de pavo.

     

    Quizás sea este un momento duro para el periodismo como lo está siendo para todo, pero, mientras que exista una organización social medianamente democrática, existirán los que dan fe de ella, los que buscan la verdad para plasmarla negro sobre blanco, en las ondas o en las pantallas de televisión. Es un trabajo tan necesario que su ausencia de nuestras vidas no podría entenderse y los que lo hacen aman tanto a su profesión que son capaces de hacerla en cualquier circunstancia. Hasta en estas.

     

     

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