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Enrique Nieto


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  • 27
    Mayo
    2014

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    Pintando al Fresco: Paisaje urbano

            
        Las diez de la mañana. En la ciudad, todavía hace algo de  fresco. Cerca de un jardín una jacaranda pone un toque de precioso color violeta al gris de las fachadas. Un hombre joven sale de un portal arrastrando el carro de la compra y un papel en la mano que lee. Se para, duda si ir hacia un lado o a otro. Hablando solo dice: ‘Primero lo que menos pesa’, y echa a andar decididamente.


        En la puerta de una tienda de chinos, su dueño habla por el móvil, en chino. Hace agitados movimientos con las manos y se pasea arriba y abajo muy deprisa. Un hombre mayor pasa por su lado y se aparta. Mira al nervioso oriental con poca simpatía, como reprochándole que ocupe tanto espacio en la acera. Hace un gesto de malhumor y sigue andando. En la ventana del bar de enfrente tres hombres están charlando. Dos de ellos tienen delante un café y la botella de coñac para el carajillo, el otro una copa de ponche. Se están tomando su primera ración de alcohol del día y no piensan que eso sea malo. Luego beberán vino con el almuerzo, unas cervezas antes de comer y así continuarán durante toda la jornada.


        Pasa un hombre joven con corbata. Arrastra una maleta pequeña. Es un representante que acaba de dejar el coche en un aparcamiento y se dispone a visitar a los clientes en sus comercios. Se le ve en su cara decisión, empuje, como le han enseñado en el curso de comercial que le han dado en la empresa. Parece que va pensando que hoy va a ser un buen día. Se cruza con una señora muy mayor que va en una silla de ruedas empujada por una mujer sudamericana. La asistenta para la silla y habla en voz alta al oído de la anciana: ‘¿Quieres jardín o paseo por las calles?’, le pregunta. La señora duda un poco y responde: ‘Vamos a la plaza, y, allí, en el banco,  me das el danone’. ‘Vale, lo que tú quieras, cariño’, dice con un tremendo acento ecuatoriano, le da la vuelta a la silla y se va en dirección contraria.


        En un portal, sentado en el suelo, un africano extiende la mano pidiendo limosna. Va vestido correctamente, con un look de rapero. Es joven y agradable. Lleva más de dos años pidiendo en el mismo sitio y hay mucha gente del barrio que lo conoce, lo saluda y le da unas monedas. Un poco más allá, otro mendigo pide con un vaso de plástico delante. Este es de raza blanca, nuevo en esa calle, y recoge mucho menos dinero que el otro, al que mira de vez en cuando con una cierta envidia.


        Dos monjas cruzan la plaza. Llevan bolsas de la compra en las manos, pero no es comida. Se trata de otros productos, de ferretería y de una tienda de tejidos. Una lleva el monedero en la mano. Es la mayor de las dos y tiene algo en su aspecto que habla de muchos años de convento. Andan despacio, relajadas y sonriendo, como disfrutando de la calle.


        Pasa una mujer atractiva, vestida con un pantalón muy ajustado y una camiseta que descubre buena parte de sus pechos. Uno de los hombres de la ventana del bar dice conocerla. Es prostituta. La visión de la mujer da lugar a una conversación sobre sexo entre bromas y frases de contenido erótico. Uno de ellos, de alrededor de sesenta años, dice: ‘yo lo que hago es ponerme boca arriba y decirles: aquí estoy, saca lo que puedas’. Todos, los que están con él, el camarero y los que lo escuchan  ríen a carcajadas.


        En un ‘carga y descarga’, un policía local está poniendo multas. Una chica joven sale de una panadería y va corriendo hacia su coche. Le enseña la barra de pan al guardia y le dice que solo ha dejado el coche allí un momento para comprar el pan. El guardia le responde: ‘He pasado hace veinte minutos y el vehículo ya estaba aquí, así que no me diga usted eso’. La chica le sonríe y le habla blandamente tratando de convencerlo de que le quite la denuncia. El policía no traga, se sube a su moto y se va, aunque sonriéndole a la chica, que es bastante guapa.


     Es la calle. La vida.
       
         
     

     

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