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Enrique Nieto


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  • 14
    Marzo
    2014

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    Pintando al Fresco: Otros tiempos

        (El otro día, en un bar, tres hombres mayores charlaban tomando café. Uno de ellos, recién llegado de una estancia en Madrid visitando a su hija, dijo: ‘En algunos barrios de la capital, he visto situaciones parecidas a las que pasamos nosotros en los años cincuenta’. Este artículo lo provoca esa frase).

        A finales de los cincuenta del siglo pasado, hubo un gran movimiento migratorio en España, tanto dentro del país - la gente se fue de sus pueblos o pequeñas a ciudades a urbes más grandes -, como hacia el extranjero, en busca de las oportunidades que aquí no se encontraban. Madrid fue quizás el más importante receptor de jóvenes que abandonaban los pequeños lugares en los que habían vivido desde siempre para buscarse un futuro en la capital. La ciudad se llenó de gallegos, asturianos, castellanos y hasta de algún cartagenero. Los que no tenían ninguna formación –había un gran número de analfabetos entre aquella juventud – iban directamente a trabajar en la construcción, y los más refinados solían optar a puestos de trabajo como dependientes de comercio, representantes de firmas comerciales, porteros, ordenanzas, etc. Algunos compartían trabajo y estudio porque tenían afanes de superación y sus familias no les podían pagar esos estudios.


        Madrid ofrecía muchos puestos de trabajo en aquella época y era relativamente fácil encontrar un empleo. Lo complicado era que lo que se ganaba fuera suficiente para mantenerse allí. Muchos de los jóvenes que procedían de pueblos recibían paquetes de comida, fiambres, etc. que eran un buen complemento a su manutención, pero los que venían de ciudades no contaban con aquel refuerzo y solían pasar hambre. La capital estaba llena de pequeños restaurantes donde se comía por un precio módico y los jóvenes, algunos casi adolescentes, acudían a esos sitios cada mediodía. Dentro de la modestia de todos aquellos locales, había clases, y una o dos pesetas arriba o abajo marcaban diferencias notables. Lo corriente era que, al principio del mes y con la paga recién cobrada, se llenasen las mesas de los que ofrecían un mejor menú, y, con el avance de los días, fueran bajando de categoría. El más barato de todos era uno que había en una calle detrás del Edificio España, y era el más económico porque el edificio en cuyos bajos estaba situado había sido dado por ruina. Efectivamente, todo el comedor estaba sembrado de vigas de madera que apuntalaban las paredes o el techo, y, entre esas vigas, estaban las mesas y las sillas. Allí, por menos dinero que en ningún otro sitio, se podía tomar siempre el mismo menú: un plato de habichuelas o de lentejas, un huevo frito con patatas y un postre. En este lugar se acababa comiendo cuando ya el dinero no podía estirarse más.


        Pero, había gente que no llegaba ni a eso, porque el dinero ese mes se les había acabado. Era muy corriente que en este restaurante de las vigas hubiera varios jóvenes de pie, en un rincón o en otro, algunos de ellos vestidos de traje y corbata porque su trabajo se lo exigía. Cuando uno de los comensales llegaba y se sentaba, con gran educación, uno de los que estaba de pie se le acercaba y le decía: ‘no me queda ni una peseta este mes; ayer no comí; ¿compartimos?’, y añadía, ‘hoy por ti mañana por mí’. El comensal siempre decía que sí, e invitaba a sentarse al otro frente a él. El invitado sacaba un cubierto de su bolsillo, y, una vez que traían el menú, con un cuidado exquisito, cada chico comía por un lado: medio plato de lentejas, medio huevo y la mitad de las patatas.
        A veces se hablaba, pero otras no. Solo se comía y, cuando acababan, el invitado decía muy serio: ‘Gracias’, y repetía la frase: ‘Hoy por ti, mañana por mí’ y se marchaba.


        También podría hablarles de las pensiones donde vivían. Había una gama de calidades muy amplia, desde las limpias y buenas, hasta las más baratas, que eran las que ofrecían una habitación ‘a cama caliente’, es decir que se compartía con alguien que tuviera un trabajo nocturno, por ejemplo, un sereno. De 9 de la mañana a 9 de la noche, la habitación era para uno, y de 9 de la noche a 9 de la mañana, para el otro.


        ¿Será verdad, como decían los hombres del bar, que hoy en día comienzan a verse en Madrid situaciones como estas de finales de los cincuenta?
       
         
     

     

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