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Enrique Nieto


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  • 08
    Abril
    2016

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    SOCIEDAD Murcia

    Pintando al Fresco: Nosotros y ellos

       Ayer, estuve con un amigo mientras vaciaba su casa, que debe abandonar porque se la ha quedado el banco a cambio de unos préstamos a los que no ha podido hacer frente. Es una casa en la que he estado decenas de veces, charlando, compartiendo una cena o una cerveza, hablando de la vida, de nuestros hijos, de todo lo que nos rodea. Él tiene una profesión de prestigio pero de las que más ha afectado la crisis, y, hace diez años, toda la familia vivía muy bien, con grandes comodidades y disponibilidad económica desahogada. Ayer, cuando hablábamos mientras recogía cajas y bolsas llenas de cosas para irse a su nueva y sencilla casa de alquiler, me dijo: ‘Al menos, la deuda queda saldada. Podemos comenzar de nuevo’. Yo lo miré y recordé que tiene setenta y cinco años.


        Hace unos días, otro buen amigo, un gran profesional en lo suyo que ha perdido el trabajo y vive de una pensión de esas de 426 euros que reciben los que ya no cobran paro, ni ninguna otra cosa, me contó que la semana pasada acudió a la entidad bancaria en la que tiene domiciliada esta pensión y solicitó que, por favor, y, aunque le faltaba una semana para que llegara su dinero, le adelantaran 100 euros que necesitaba sin remedio para poder sobrevivir. La respuesta fue positiva: se los darían, pero lo avisaron de que le cobrarían 45 euros por el descubierto de esos días. Esta persona hizo cuentas, y obviamente renunció a este ‘préstamo’ al 45% de interés semanal.


        Cerca de mi estudio vive una encantadora pareja de personas mayores con la que suelo pararme a charlas en la calle muy a menudo. Viven de una pensión de 1.400 euros, en una casa de alquiler, y siempre los he visto felices, con su carro de la compra, saliendo del mercado de Verónicas con lo necesario para los dos, que no es mucho, y que, con una buena administración, podían manejarse para vivir con sencillez pero felices. En plena crisis, uno de sus hijos, casado y con dos niños, perdió su trabajo. Hasta entonces vivían con normalidad, pero las cosas les han ido tan mal que los desahuciaron de su casa y se tuvieron que venir con los abuelos para vivir de su pensión. Ahora veo a mi vecino también con el carro de la compra, pero ha cambiado su contenido. Suelo observar que lleva pañales, yogures, salchichas o hamburguesas, para las cenas de los críos, supongo. No hace mucho se sinceró conmigo: ‘Enrique, es una situación muy difícil. Tratamos de estirar la pensión, pero apenas nos llega, y ya he tenido que tirar de los ahorros. De los 2.800 euros que teníamos en la libreta, (los ahorros de yoda su vida) ya solo nos quedan 1.300. Cada mes hay que sacar algo para completar lo que falta. Y lo peor no es eso. Lo que más nos hace sufrir es que mi hijo ha cogido una depresión tremenda, está en tratamiento y ni siquiera puede buscar trabajo’.


        Podría seguir aquí contándoles las situaciones que me rodean, pero, imagino, ustedes también tendrán  las suyas, y para qué machacarles más si han tenido la amabilidad de llegar hasta estas líneas del artículo. Pero sí quiero decirles por qué me he decidido a escribir esto hoy: la noticia que se daba ayer en este periódico sobre las 7.140 personas detenidas por corrupción durante la última legislatura, debido a los 2.355 delitos que habían cometido. Todos los presuntos o ya condenados canallas se corrompían y se forraban mientras estos seres humanos cercanos a mi vida, y cientos de miles más, estaban pasando por estos terribles tragos. Ellos estaban robando, extorsionando, enriqueciéndose hasta las trancas, llevándose el dinero público, o el que conseguían de las empresas corruptas, a sus casas, o a Suiza, o a cualquier otro paraíso fiscal. Inventaban procedimientos para blanquear lo robado, usaban tarjetas black con las que pagar sus exquisitas comidas y sus putas, se gastaban en hoteles de lujo, bolsos de marca, viajes a Venecia o a Londres, miles y miles de euros de sus ayuntamientos, diputaciones o gobiernos. Y no lo hacían personas aisladas, sino grupos conectados, gente que asociaba para el latrocinio como hemos podido escuchar en esas conversaciones grabadas por la policía que han salido a la luz.
        La crisis ha sido dura para todos. Menos para ellos.
        
        

     

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