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Enrique Nieto


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  • 03
    Junio
    2013

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    Pintando al fresco: Mis encuentros con los Presidentes

    El otro día, cuando vi a José María Aznar en la tele, recordé la última vez que crucé unas palabras con este expresidente. Al despedirse, me dijo: ‘me gustaría a mí hablar un rato despacio contigo’, a lo que yo le respondí: ‘cuando usted quiera, no tiene más que llamarme’. Por supuesto, que nunca me llamó, y que probablemente se le olvidaría mi geta nada más perderme de vista. Este recuerdo me ha hecho pensar que a lo mejor era una buena idea contarles a ustedes aquí cómo fue que, por hache o por be, tuve ocasión de conocer a varios presidentes del Gobierno de España y las impresiones que me provocaron aquellos momentos, mientras ellos me miraban como diciendo: ‘¿por qué me habrán presentado a mí a este tío?’.

    Comenzaré por el actual, Mariano Rajoy. De cerca, mis palabras no lo ofendan, es muy feo. Tiene una boca que por Dios, y ese pelo teñido de cobre no le ayuda en nada a su prestancia personal. Tuvo además un buen golpe que enlaza con lo que digo arriba, y es que, cuando, tras presentarnos, llevábamos un ratillo hablando de cuestiones bastante interesantes, y, de pronto, me dijo esta frase: ‘Oye, ¿quién han dicho que eres tú?’, a lo que yo no supe muy bien qué contestar, porque, ¿qué le decía?: ‘el hijo de la Sra. Fina y del Sr. Enrique, el camarero’, o ‘un pintor de aquí del pueblo’ (estábamos en la UPCT, en Cartagena). En fin, que un desastre. Menos mal que, al poco, vino uno y se lo llevó para que conociera a gente más interesante.

    A Zapatero solo le di la mano y me quedé observándolo un rato. Estaba mucho más flaco de lo que se le veía en la tele, casi, casi, escuchimizado. Tenía aspecto de buena persona, con esos ojos glaucos y esa sonrisa un poco ovejuna. Parecía tener mucho cargo para tan poca chicha.

    Con Aznar si tuve ocasión de hablar bastante, en dos ocasiones. En las distancias cortas, gana mucho y no parece tener esa mala sombra de la que hace gala en los medios casi siempre. La primera vez, fue en un desayuno en el que estábamos unas doce personas alrededor de una mesa que habían preparado en La Manga Club con un montón de manjares: frutas, todo tipo de pastelerías, cosas dulces y saladas, tostadas, café, leche, té, etc. Cuando vi aquello, pensé que nos íbamos a poner como el Quico, pero entonces llegó él, se sentó y dijo: ‘Tomad lo que queráis que yo ya he desayunado y he corrido varios kilómetros’, y pidió un café. Todos los comensales nos miramos y también pedimos un café. La conversación, muy fluida, duró más de una hora, pero ninguno de nosotros probó siquiera un bocado. ¿Quién se ponía comer si el presidente del Gobierno no comía? A la vuelta de La Manga, los que íbamos en mi coche paramos en una venta a tomar algo porque teníamos más hambre que un maestro de escuela de los de antes, y de los de ahora.

    Felipe González es el presidente con más personalidad y carisma que he conocido. Cuando entró en donde estábamos unos cuantos esperándolo se notó perfectamente que él era quien era: el que partía el bacalao. Te miraba y daba la impresión que estaba haciéndote una ficha. Yo tuve suerte porque un amigo suyo me había dicho que era aficionado a la cocina, y que hacía un solomillo al horno que le salía muy bueno, así que, en un aparte, le salí con ese tema, y acabó explicándome la receta, que es sencilla y que alguna vez he hecho en mi casa. Cuando lo sirvo, siempre digo: ‘este solomillo me enseñó a hacerlo Felipe González’, y mis amigos me miran con bastante respeto, aunque, si son de derechas, suelen decir que está bueno pero sin exagerar.

    A Calvo Sotelo lo conocí después de ser presidente y me pasé más de una hora, mano a mano, charlando con él. Es una persona encantadora, muy inteligente y muy conectado con esta Región – su esposa es de Lorca -. Por entonces, su hijo era director general de algo del ministerio de Interior, y yo le dije: ‘Ya podías haberle conseguido a tu hijo un cargo menos peligroso’, (por entonces ETA estaba en todo lo suyo), y él me contestó: ‘Mira, primero que a él le gusta, y segundo que no te creas que yo tengo mucha influencia’, y los dos nos reímos a carcajadas.

    A Adolfo Suárez no lo conocí, y lo siento, porque me caía y me cae de maravilla.

     

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