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Enrique Nieto


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  • 03
    Enero
    2012

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    Pintando al Fresco: Mis encuentros con la familia real

        El email que le dirigí el otro día a S.M. el Rey ha traído consigo que más de un lector y algún amigo me hagan comentarios sobre mi posible adscripción monárquica. Cada uno puede pensar lo que quiera, estaría bueno, pero lo cierto es que, además de lo que decía en ese artículo sobre el seguimiento que le he hecho a la institución como columnista, he tenido la ocasión de conocerlos personalmente y hoy voy a contar aquí las circunstancias en las que se produjeron esos encuentros para tratar de demostrar cómo es posible que, habiendo conocido a tanta gente ‘importante’ –presidentes de Gobierno, ministros, famosos artistas, etc., muchos de ellos auténticos gilipollas -  yo haya llegado a la conclusión que la familia real (no he conocido a las Infantas de las que tengo otras referencias sobre su carácter) es un personal muy tratable.

        Conocí al Rey en Cartagena, en la Asamblea Regional, a principios del ochenta. Había venido a algo y, después del acto protocolario, hubo un aperitivo en el patio. Él estaba hablando con Carlos Collado, presidente por entonces de esta Región, y este me vio y me hizo un gesto para que me acercara. Según andaba hacia ellos, me salió un señor, supongo que un miembro de la seguridad real, que, a toda velocidad, me dijo: ‘no se dirija a Su Majestad, no le pregunte nada, solo respóndale a lo que él le diga, no se le ocurra tocarlo’ y alguna cosa más. Cuando llegué a ellos estaba algo nervioso. Collado me presentó como pintor y también le dijo que escribía en los periódicos. Me preguntó cosas sobre la pintura y sobre Cartagena con una naturalidad total. Al poco apareció un camarero con una bandeja con un variado de cosas para picar. El Rey se quedó mirando y me preguntó: ‘¿Qué tomo, Nieto?’, y yo le recomendé un ‘explorador’, esas empanadillas dulces por fuera y saladas por dentro típicas de mi pueblo. Cuando la mordió exclamó: ‘Coño, sí que están buenas’, y añadió: ‘la verdad es que ya tengo un poco de hambre’. Al poco, dijo: ‘la Reina me ha hecho una seña y me tengo que ir, que ella es la que lleva la organización’. Nos dio la mano y se fue, y yo me quedé muy a gusto porque el momento había sido agradable y, además, Su Majestad decía ‘coño’, como yo.

        Bastantes años después, ya en los noventa, vinieron a un acto militar y a ver el Teatro Romano que estaba a la mitad de la excavación. Después, en una carpa en el monte de la Concepción, o ‘Castillo de los Patos’, como se le llama en Cartagena, dieron un aperitivo para no mucha gente lo que permitió que los Reyes se acercaran a los pequeños grupos de los que estábamos allí y charlar distendidamente. La Reina vino, la directora de este periódico, que ya la conocía, nos presentó y hablamos con toda tranquilidad. En un momento dado, Paloma Reverte le dijo: ‘Majestad, Enrique está a punto de ser abuelo’. Ella, mirándome con los ojos brillantes me dijo: ‘Ya verá usted como le cambia la vida. Yo acabo de ser abuela también y lo primero que hago en cuanto puedo es ir a ver a mi nieto. Es una alegría enorme’. Poco después yo le dije que si había visto el teatro romano desde allí arriba donde estábamos y que era una perspectiva preciosa. Me dijo que no, pero que quería hacerlo: ‘Ahora voy a saludar a otros grupos, pero después le aviso y me lo enseña usted’. Allí me quedé pendiente de sus movimientos y efectivamente cuando pudo me miró y dijo: ‘ahora’. Me acerqué salimos al exterior de la carpa y contemplamos el teatro y la ciudad, que estaba preciosa, con un día limpio de nubes y un sol espléndido. ‘Qué bonita está Cartagena’, me dijo, ‘yo que la he conocido llena de contaminación y de humos de las fábricas’, añadió. Enseguida vino más gente y yo me aparté. Había sido un momento guapo.

        A los Príncipes los conocí en Mula, cuando vinieron a inaugurar la Fundación Gabarrón. También hubo una cerveza y ellos se colocaron en le centro del salón y nos acercábamos los grupillos de gente a saludarlos. Cuando se volvieron hacia nosotros y supieron que éramos gente de este periódico, la Princesa Letizia comenzó a hablar de periodismo sin parar y nos preguntaba cosas como si de una compañera de profesión se tratara creándose una situación muy agradable. El Príncipe la miraba con admiración y nosotros descubrimos que ella tenía unos ojos verdes de muchísimo cuidado. Estaba embarazada y llevaba unos tacones altísimos y alguien le dijo que si no le molestaban en su estado. ‘Son comodísimos’, dijo, ‘y, además, es que como él es tan alto…’ añadió señalando a su marido, y todos nos reímos incluido don Felipe.

        Bueno, que lo que se dice tratables, desde luego lo son.
     

     

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