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Enrique Nieto


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  • 17
    Junio
    2013

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    Pintando al Fresco: Mejores, quizás

    ¿Se acuerdan ustedes de cómo éramos hace unos pocos años cuando la burbuja inmobiliaria estaba en todo su apogeo? Nuestra apariencia era de seres felices que disponían de dinero, que se compraban casa y la amueblaban a costa de la hipoteca que te daban sin preguntarte materialmente nada; en todo caso: ‘¿Quiere usted más y ya se compra un coche nuevo?’ Los ‘hombres de negocios’ daban pelotazos de millones, y, en la construcción, se ganaban sueldos realmente altos, provocando que jóvenes estudiantes de los institutos y de la universidad abandonaran sus estudios y se fuesen a pintar pisos, a regar campos de golf con un sueldo que les permitía vivir y divertirse, financiar un coche, irse los fines de semana con la novia a un hotel de Almería con jacuzzi  y piscina junto al mar.

     

    En pueblos y ciudades, veíamos cómo un vecino había vendido sus tierras resecas a un promotor por una buena cantidad de dinero, y que el comprador había conseguido que le recalificaran aquello en muy poco tiempo haciendo un negocio de tres pares y forrándose hasta los hígados. Todos sabíamos que Fulanito tenía una habitación llena de dinero negro, que Menganito había aparecido, de la noche a la mañana, con unos signos externos de total riqueza, y nuestra reacción era más bien de admiración que de otra cosa. Cuando veíamos a uno de ellos en un restaurante sacando un billete de quinientos euros para pagar las mil gambas que acaba de meterse entre pecho y espalda, nuestra reacción no era de rechazo, ni nos planteábamos si ese dinero lo había ganado de una forma legal o ilegal. Mucha gente sentía envidia de estos hombres y mujeres que habían sabido forrarse y la mayoría pensaba que, en similares circunstancias, habría hecho lo mismo.

     

    Toda aquella fácil riqueza era aceptada como un hecho natural, incluso, cuando estallaba un escándalo de corrupción política en la que se demostraba que un alcalde, o un concejal, o un consejero, se había pringado a base de sobres con pasta, de pisos materialmente regalados por el promotor al político que le había hecho favores. Las reacciones del personal no eran demasiado duras contra el que había  pillado con las manos en la masa, y la prueba está en que muchos de ellos volvieron a presentarse en listas a las elecciones y fueron votados de nuevo. Todo aquello nos servía a los españoles para tomar nota y tratar de acceder a algún pequeño o gran pedazo del pastel que en el que se había convertido nuestro pueblo, nuestra Región, nuestro país. Incluso podría decirse que los niveles morales habían cambiado, que las actitudes éticas eran otras, incluso gente de misa y comunión estaba metida hasta los ojos en el pozo del dinero negro y las corrupciones sin que le pesara nada en la conciencia.

     

    Actualmente, somos distintos. Las tragedias de la crisis han provocado en mucha gente una serie de sentimientos que parecían haberse perdido. La solidaridad ha reaparecido, las oenegés cuentan con miles de voluntarios, las familias se han convertido en centros de acogida para los suyos que están pasándolo mal, ciertas empresas donan comida para los que no tienen, y, por otro lado, las malas artes de algunos políticos provocan un rechazo casi físico. Dudo que alguien vuelva a votar a un diputado que cobraba sobresueldos, que le pagaban un piso por dos veces, que ganaba al mes varios miles de euros, todos procedentes de dinero del Estado. Los banqueros engañadores con sueldos astronómicos ya no son intocables. Algunos están en la cárcel y otros van de camino.

     

    Somos más pobres, somos gente preocupada e indignada, pero, como personas, quizás algo mejores.

     

     

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