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Enrique Nieto


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  • 29
    Noviembre
    2012

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    Pintando al Fresco: La vida política

    A menudo, y más en estos tiempos que nos corren, criticamos a los políticos que  gobiernan y a los que están en la oposición, a los unos porque no responden con sus actos a lo que esperábamos de ellos, y a los otros porque no nos parece que estén haciendo una labor muy destacable. El oficio de político está pasando por unos momentos en los que, siendo ciertas sus ventajas, como la de tener unos ingresos asegurados que les permiten un nivel de vida muy aceptable, un trabajo cómodo en cuanto a horas y dedicación y diversas historias que no enumeraré por no cansar, pero también está sufriendo un desprestigio realmente notable que, supongo, a ellos les debe estar afectando. Aunque existen grandes diferencias entre ser concejal y ser senador, entre ejercer de consejero o tener un puesto en Madrid en algún escalón del gobierno, en cuanto a comodidad de vida se refiere, lo cierto es que nunca, desde el comienzo de la democracia, los políticos se han encerrado como ahora en la calidez de sus despachos, rodeados exclusivamente de los suyos que le cuestionan poco o nada, al menos a la cara.


        Tiempo atrás esto no era así. Tú ibas a una gran superficie un sábado a hacer la compra de la semana y era fácil que te encontraras al presidente de esta Comunidad Autónoma cogiendo un tambor de detergente y metiéndolo en su carro justo a tu lado. Por citar incluso a alguien con nombre y apellidos diré que fui buen amigo del primer alcalde democrático de Cartagena, Enrique Escudero de Castro, así que, a menudo, nos veíamos y yo solía acompañarlo hasta su despacho. Íbamos paseando tranquilamente y era absolutamente corriente que la gente se le acercara y le contara allí en la calle que las farolas de una plaza no daban luz suficiente. A veces, le costaba una hora llegar al Ayuntamiento, pero le daba igual, incluso le gustaba ese contacto con la gente que a veces podía ser hasta desagradable pero que él capeaba con su famosa cachaza y amabilidad.


        ¿Qué tiempo hace que no ven ustedes a un alcalde o a un consejero tomándose una cerveza en una terraza con cuatro amigos? ¿Han coincidido alguna vez en el supermercado con uno de ellos? ¿Y en el cine o en un concierto?, ¿Han estado cenando en un restaurante barato con un político importante en la mesa de al lado rodeado de sus hijos o de sus deudos? A lo mejor es que yo salgo poco, o que no me muevo en los mismos ambientes, pero hace años que no coincido con ninguno. Quizás en los pueblos más pequeños esto no sea tan difícil, pero, en las ciudades, es materialmente imposible. Eso sí, cuando vas a una cena institucional, o a una celebración de un gremio, o a la entrega de premios número seis mil de este año, sí que están allí, normalmente con una tremenda cara de cansados y aburridos que tratan de disimular a través de la educación, pero que se nota a las mil leguas que tienen ganas de irse a su casa desde que llegaron, entre otras razones, porque están sentados a la mesa junto a los que se sientan siempre, hablando de lo que hablan siempre y hartos del menú, porque echan de menos la cena ligera que suelen tomar en su casa y el pastel de puerros con salsa de arándanos que están tomando les da siempre acidez de estómago.
    La verdad, no les tengo ninguna envidia.
       
       
     

     

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