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Enrique Nieto


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  • 01
    Febrero
    2014

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    Pintando al Fresco: La vergüenza

        Esta semana ha saltado a los medios un estudio realizado por la ONG Save the Children en el que se demuestra que en España hay cerca de 3.000.000 de niños con problemas de alimentación que pueden llegar al hambre. La noticia es sobrecogedora en sí misma, pero todas estas cifras que se refieren a la totalidad del país nos impactan en su momento, pasando luego a convertirse en una idea algo inconcreta, un ligero malestar interior que se va devaluando según pasan las horas y los días. En la tele, en las radios y en los medios escritos se habló de ello y aparecieron algunos de los que lo sufren en toda España. Vamos a intentar acercar un poco el objetivo y ver qué pasa a nuestro alrededor, aquí en la Región de Murcia.


        La primera noticia acerca de niños que pasan hambre me la dio una profesora amiga. En su colegio público, situado en un barrio de Murcia ciudad, había visto en dos ocasiones a alumnos que esperaban a que sus compañeros terminaran de almorzar su bocadillo en el recreo de la mañana, y, si tiraban a la papelera algún resto, se acercaban, lo cogían y se lo comían. Ella les preguntó por qué lo hacían y le contestaron que porque su madre ya no les ponía bocadillo en la cartera, así que indagó, llamó a los padres y, por primera vez apareció ante ella el sentimiento del que trata este artículo: la vergüenza, una vergüenza atroz de los padres al tener que reconocer que no podían alimentar suficientemente a sus hijos porque estaban en el paro y no tenían ingresos para ello.


        Viendo la Plaza de las Flores un sábado en Murcia, la calle Mayor o el puerto de Cartagena en un mediodía de fin de semana, e igual en otras ciudades y pueblos de la Región, con sus terrazas llenas de gente que toma aperitivos y cerveza, nadie podría pensar que unos cientos de metros más allá hay un barrio donde vive gente que tiene un presupuesto para darle de comer a su familia de 50 euros a la semana (dato real). Hablo de la Fama, o de San Andrés en Murcia, de Santa Lucía o San Antón en Cartagena, y de los que ustedes conocen mejor que yo en otros lugares de esta Región. Son familias que, hace unos pocos años, vivían bien, y a las que ahora sus niños les piden cada día algo a lo que han de decirle que no: otros zapatos además del único par que tienen, un macuto nuevo para el material escolar, y, como digo arriba, hasta a un bocadillo para el recreo de la mañana en el colegio.

    Ya no hay esa salsa de tomate para la pasta, ni mayonesa para acompañar un plato. La madre o el padre han de decirles a los críos que no, con la vergüenza plasmada en sus rostros, producida por su incapacidad de darles a sus hijos, no esa máquina para jugar que les piden, sino algo tan elemental como las cosas más básicas o los alimentos de los que estamos hablando.


        Además, otro dato real. En estas familias está ocurriendo que, cuando un niño se pone enfermo, con fiebre, enfriamiento, anginas o algo así, ya no lo llevan al médico. Pagar los cuatro o cinco euros, o lo que sea, que les costarán las medicinas es un gasto que no pueden permitirse. Han vuelto a lo que se hacía en las posguerra: días de cama, algo caliente para que sude, o algún remedio casero, como cataplasmas o vahos de hierbas. Y, si se complica, a Urgencias de un hospital.


        Sé que hay organizaciones y personas que tratan de paliar este y otros problemas parecidos, pero lo del hambre en los niños es un horror, algo que nos deja sin sueño a los que vivimos rodeados de niños que tienen lo que necesitan. Y los que nos administran, nuestros gobernantes, no deberían dormir tampoco hasta conseguir erradicar esa lacra horrible. Así que una sugerencia para aquel diputado del Partido Popular que consiga ser el nuevo Presidente cuando Valcárcel se vaya: que la primera medida que dicte sea nombrar a alguien, con los medios económicos necesarios, para acabar con el hambre de los niños murcianos. Ni AVE, ni aeropuertos, ni leches. Eso. Lo primero.   
     

     

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