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Enrique Nieto


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  • 29
    Octubre
    2012

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    Pintando al Fresco: La reunión

        Ella entra en el despacho. Como siempre, va arreglada y mona, con su pelo rubio peinado con estilo, ropa conjuntada, moderna pero sin exagerar, de marca pero más bien tirando a empresas de Inditex que a boutiques especializadas en bodas y bautizos. Lleva un montón de carpetas abrazadas sobre su amplio pecho. Se nota que tiene estudios superiores por la seguridad con que pisa el suelo con los tacones de sus zapatos de charol. Saluda y se sienta frente a él.


        Él apenas esboza una sonrisa porque últimamente ríe poco. Tiene problemas en el partido, tiene problemas con este caso o aquel caso. Confía mucho en la Providencia Divina, pero la verdad es que está preocupado. Ha perdido peso y, aunque él lo achaca al ejercicio físico, las últimas historias con el autobús y con otros temas le han hecho perder el sueño más de una noche.


        ‘¿Lo has preparado todo?’ le pregunta a la vez que levanta el teléfono y dice que no le pasen llamadas ni entre nadie.


        ‘Sí, jefe. Llevo tres días estrujándome los sesos y creo que tengo algunas cosas interesantes’.


        ‘Pues venga, empieza. Espero que hayas recordado que hay sacar euros de donde sea’.


        ‘Ya, ya. Mira. Imagina que hay una catástrofe: un incendio, o un terremoto, y tenemos que acudir y montar un puesto de ayuda, un hospital de campaña o algo. Pues vamos a crear una tasa para que la paguen las compañías de seguros de los afectados’.


        ‘Coño, está bien  pensado pero es algo fuerte. Le quitas al hecho de ayudar en casos de tragedia la componente de servicio público y se convierte en una especie de negocio de compra y venta’.


        ‘Jefe, no te pongas estrecho que así no vamos a ninguna parte. Hay recaudar o esto se nos hunde. Es que no hay dinero ni para pagar a los asesores’.


        ‘Vale, vale’, dice él con su timidez habitual.


        ‘Otra cosa. Ahora viene el tiempo de las matanzas. Vamos a mandar al veterinario para que tome muestras y analice, pero les vamos a cobrar 120 euros. Mira, si la gente quiere divertirse comiendo morcillas y panceta a la brasa, que lo pague’.


        ‘Bueno, eso sí, porque, además, siempre pueden pagarlo a escote’.


        ‘Pues vamos a otra cosa. Si un vecino llama para denunciar que el bar de abajo mete mucho ruido, le mandamos a los guardias con el aparato para que midan el sonido, pero le cobramos una tasa al denunciado o al denunciante.’


        ‘Así van a llamar menos’.


        ‘Mejor, que la gente se pone muy pesada con lo de los gintonics en la calle’.


        ‘Oye, y el que quiera un local municipal para una reunión o para representar La alegría de la huerta, que pague un alquiler’.


        ‘¿Y si es benéfico o cultural’.


        ‘Nada, nada, que paguen’.


        Durante más de una hora ella va sacando temas para exprimir al contribuyente. A él, a veces, le da un poco de lástima, pero sabe que si quieren mantener el cotarro como está, hay que apretar. Al final, le dice que busque algo para disimular un poco, y ella le responde que va a dar facilidades de pago. ‘Al fin y al cabo, me da igual que paguen al contado que a plazos, pero que paguen’, dice.


    Cuando se va, él se queda pensando: ‘pagan impuestos para que les demos servicios, y luego se los cobramos otra vez’. Pero se encoge de hombros y se pone a pensar en su familia que, últimamente, es lo único que lo relaja.
     

     

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