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Enrique Nieto


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  • 08
    Octubre
    2012

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    Pintando al Fresco: La Pintura

        De todas las artes, quizás la pintura sea la más sutil, la que trata de, con menos, hacer más. Si miran ustedes un cuadro, verán una superficie, normalmente de tela, sobre la que se ha aplicado pintura con unos pinceles. Para trabajar se han empleado tres colores básicos: el rojo, el azul y el amarillo, y algunos derivados de ellos o mezclas de los mismos. Ya ven que la cosa no es que sea nada del otro jueves, y sin embargo algunos de esos cuadros pueden crear una gran emoción en los seres humanos, hacerse famosos en todo el mundo y perdurar siglo tras siglo convertidos en faros que atraen hacia ellos las miradas de millones de personas. A lo largo de la historia, y de la prehistoria, lo de representar cosas pintándolas ha estado siempre ahí, desde uno que se ponía a dibujar en las paredes de una cueva el ciervo que acababa de comerse crudo, hasta nuestros días.


    Los cuadros se dividen en dos grupos: los buenos y los malos. En general, todo el o la que se pone a pintar intenta plasmar ahí lo que siente, pero en pintura pasa lo mismo que, por ejemplo, en poesía, que el tío se pone a escribirle un poema a la novia y le sale: ‘entrando por jardines/ y saliendo por rosales/ oí una voz que decía,/ Paquita, felicidades’/; y otro, que se pone igual, empieza su poema diciendo: ‘/Puedo escribir los versos, más tristes, esta noche..’, o sea, que hay diferencias.


        En pintura, pasa lo mismo. Todo el mundo puede disponer de los mismos tres colores y sus derivados, de un lienzo y de unos pinceles, pero, puestos a pintar, a uno le sale La Gioconda y a otro la nueva versión del Ecce Homo del pueblo ese. Y algunos quizás se pregunten: ¿Y qué tiene la Gioconda que no tenga otro retrato de mujer de los miles que se han pintado? Y la respuesta solo te la puedes dar tú mismo plantándote delante del cuadro, allá en Louvre. Yo sí puedo decirles que, cuando me iba acercando a ella la primera vez, desde lejos ya le preguntaba: ‘¿Qué tienes tú para ser el cuadro más famoso del mundo?’, y cuando estuve a diez metros ya lo sabía, así que cuando me situé delante de él le dije: ‘Ya sé por qué’, y es que el cuadrito manda cantidades ingentes de romana. Vamos que te deja con la boca abierta del misterio y la vida que tiene dentro el cuadrito.


        El mejor análisis crítico que uno puede hacer delante de una obra es: ‘me gusta’, o ‘no me gusta’. Ahí está la clave de la cuestión, bien es verdad que si has visto mucha pintura, te has preocupado de leer sobre este arte y sientes pasión por él, es probable que lo que te guste sea mejor que lo que le gusta a alguien que entra en una tienda de muebles y dice: ‘ese me va bien con la tapicería del tresillo’, pero, vamos, que tanto para verlo en un museo como para llevártelo a tu casa, lo importante es que te guste el cuadro a ti, y no al entendido correspondiente. Si te educas el gusto, pues mejor, y, si no, a disfrutar de lo que tienes.


        Y ya sabiendo de qué va, un cuadro debe cumplir al menos unas condiciones mínimas de color, composición y textura, es decir, que el que lo haya hecho debe saber pintar y eso se reconoce enseguida en el más conceptual o en el más realista de los pintores. Después hay otros factores de creatividad, innovación y originalidad que hay que tener en cuenta, pero ahí sí que el terreno es resbaladizo porque existe quien se cree que ha descubierto América y lo que tienes delante es la isla de Perejil.
       
     

     

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