Blog 
El Blog de Enrique Nieto
RSS - Blog de Enrique Nieto

El autor

Blog El Blog de Enrique Nieto - Enrique Nieto

Enrique Nieto


Archivo

  • 27
    Septiembre
    2012

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Pintando al fresco: La llamada de la selva


        En poco tiempo, he tenido la oportunidad de charlar con varios antiguos compañeros de la enseñanza, hoy ya jubilados, a lo que hacia tiempo que no veía. Como es natural en estos casos, hablamos de nuestras vidas actuales, de cómo organizamos nuestro tiempo y las actividades que desarrollamos, y he observado que algunos de ellos han sentido ‘la llamada de la selva’. Para comprender sus actitudes actuales hay que tener en cuenta que la carrera de profesor es una sucesión de disciplinas diarias que cumplir. En los institutos, no se entra a una hora y se sale a otra como en cualquier puesto de trabajo, sino que cada cincuenta y cinco minutos suena un timbre que te hace comenzar y has de arrancar cada vez con igual fuerza porque lo que tienes delante no son papeles que resolver o una máquina que manejar, sino un grupo de seres humanos que lo primero que necesitan para ponerse ellos en marcha es la dinámica que tú les transmites.


        A todo esto has de sumarle el mantener tus conocimientos en su sitio porque los tienes que enseñar, las exigencias de los directivos del centro, reuniones, preparación y corrección de exámenes, atención a las tutorías, etc. etc. Así que, cuando acabas esta vida que suele durar unos cuarenta años (bueno, duraba, ahora ni se sabe) los caminos que toman sus actores suelen ser variados. Supongo que en cualquier profesión ocurre lo mismo, pero pongamos los ejemplos de estos compañeros que han sentido esa llamada de la que les hablaba antes.


        J. era un gran especialista en Matemáticas. Ya en la carrera despuntaba en la labor investigadora, pero decidió hacer oposiciones y entró en la enseñanza. Cuando se jubiló, decidió quedarse a vivir todo el año en el pequeño pueblo donde solía veranear, que es uno de esos lugares donde, en invierno, viven unas cien personas. Cada día se levanta junto al Mar Menor y dice que esas mañanas de luz cegadora con el precioso color del cielo y el mar le dan la vida. Da un paseo largo, compra el periódico e inicia un día basado en la tranquilidad y la paz más absoluta.

    Por la tarde se da una vuelta por el local social del pueblo, charla con algunos de los que van por allí y se toma un café o una cerveza. El final del día, con su mujer, a la que también le gusta esta vida, en casa, algo de tele o de Internet, buenos libros que leer y buena música que escuchar. Tiene dos hijos casados que viven fuera de Murcia y a los que visita con periodicidad. Se le ve absolutamente feliz.


        M. vive en Murcia, pero tiene una pequeña casa y un trozo de tierra en el campo, en el Noroeste, y cada vez que puede se escapa unos días para pasarlos allí. Su mujer no comparte esa afición por la vida bucólica y lo acompaña poco, pero es relativamente flexible ante la afición de su marido. Lo increíble de este caso es el entusiasmo que M. demostraba al hablarme de cómo se lo pasa allí con unas tijeras de podar y un sombrero pavero, cortando una ramita de árbol o viendo como un fruto va madurando. Este hombre, que se ha pasado un montón de años en las aulas, resulta que ha encontrado su felicidad al aire libre, en el silencio del monte y en la falta absoluta de las ‘comodidades’ del progreso. La casa dispone de electricidad, pero no llega señal de TV ni de teléfonos móviles. ‘Si mi mujer quisiera, nos íbamos a vivir allí, aunque viniera a la ciudad de vez en cuando’, me dijo.


        Cuando los escuchaba, sentía yo también un poco esa especie de llamada de la selva. Ya veremos, ya veremos.
     

     

    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook