Blog 
El Blog de Enrique Nieto
RSS - Blog de Enrique Nieto

El autor

Blog El Blog de Enrique Nieto - Enrique Nieto

Enrique Nieto


Archivo

  • 25
    Octubre
    2011

    Comenta

    Comparte

    Twitea

    Pintando al fresco: La invasión de las patatas

    Pues sucedió que un hombre con una posición acomodada, culto e inteligente, se compró un terreno en mitad de la huerta, con sus naranjos y limoneros, donde gustaba irse a pasar sus buenos ratos mirando sus árboles, escuchando el canto de los pájaros y olvidando los trajines del mundo. La parcela incluía un trozo de terreno sin cultivar y un día pensó que sería bonito plantar algo y ver cómo crecía y cómo daba fruto. Se le ocurrió que fuesen patatas, y, ahondando en la idea, llamó a cinco o seis  amigos –médicos, empresarios, altos profesionales -, y les preguntó si les apetecía participar de la idea y llegar a comerse sus propias patatas. Ninguno tenía la menor idea de agricultura pero aquella posibilidad les gustó muchísimo, así que accedieron, pusieron una pequeña cantidad de dinero en una cuenta conjunta para los gastos que hubieren y el promotor se puso manos a la obra.

    Lo primero fue contratar a unos hombres para que prepararan la tierra, plantaran las patatas, abonaran y echaran los productos correspondientes contra las plagas. A la hora de comenzar el trabajo, cualquier extensión de terreno le parecía poca ya que iban a ser seis familias las que debían abastecerse. Los hombres le dijeron que cada planta daba un buen montón de patatas, pero aún así la extensión plantada fue la mayor que permitía la parcela.

    Por fin, llegó el día de recoger la cosecha. El promotor llamó a sus amigos y preparó a los hombres que les ayudarían, los sacos para guardarlas y una buena cantidad de chuletas de cordero para hacer a la brasa y comer a mediodía. Era un sábado y allí aparecieron los socios en sus coches de alta gama, casi todos 4 x 4, y ropa indicada, de diseño, pero indicada para recoger las patatas. Comenzaron muy animados y cuál sería su sorpresa porque debajo de cada planta había un montonazo enorme de patatas, grandes y hermosas; pero un verdadero montonazo.

    Los socios dieron pronto de mano en la recogida porque los riñones protestaban, pero los hombres contratados continuaron y los sacos se llenaban por decenas y todavía seguían quedando plantas por arrancar. Llegaron hasta casi cien sacos y se quedaron absolutamente asombrados de aquel tremendo éxito. Por la tarde llegó la hora de cargarlas en los coches y los problemas comenzaron a surgir. Las preciosas moquetas de los portaequipajes se manchaban de tierra, no cabían apenas sacos y alguna de las señoras que los acompañaban comenzó a decir ‘¿Para qué queremos tanta patata, Paco?’. Alguno se atrevió a poner un periódico y echar sacos en los asientos traseros, pero la piel del tapizado no estaba hecha para eso y se montó la Dios es Cristo.

    Días después, hablaron los socios: ‘Todo el chalé me huele a patata podrida’, dijo uno. ‘Las he puesto en el garaje y no me entra el coche’, dijo otro. ‘Le he regalado un saco a mi cuñado y no lo ha querido’ dijo un tercero, mientras que el promotor buscaba materialmente gente por la calle que quisiera un saco de patatas porque todavía le quedaban treinta y dos en la parcela, después de haber obsequiado a los trabajadores y a todos sus primos.

    La moraleja de esta historia se la dejo a ustedes.

     

    Compartir en Twitter
    Compartir en Facebook