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Enrique Nieto


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  • 29
    Noviembre
    2012

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    Pintando al Fresco: La Historia de Juanito

        Juanito nació en la posguerra, más pobre que una rata. Su padre era carpintero y trabajaba en un taller donde ganaba un sueldo de miseria que apenas daba para que Juanito y sus tres hermanos pudieran comer tres veces al día. Cuando tuvo doce años, y según costumbre de todas las familias de su clase en aquellos tiempos, los padres sacaron al chico del colegio y lo colocaron de aprendiz en otra carpintería. Allí consiguió dominar el oficio a base de años de preparar cola de conejo, lijar maderas y recibir cocotazos de los oficiales cada vez que se equivocaba. También aprendió a decir tacos, a fumar y a buscar el placer solitario, hasta que, cuando tenía catorce años, uno de los oficiales se lo llevó de putas para que supiera qué era lo bueno de la vida, según el hombre le dijo.


        A los dieciocho tenía novia, a los veintidós se casó, y, antes de los treinta, ya tenía tres hijos, dos chicas y un chico, y, además, había conseguido establecerse por su cuenta especializándose en cocinas de formica, que, como estábamos ya avanzados los años sesenta, se demandaban mucho para los nuevos hogares de los españoles del Plan Nacional de Desarrollo.


        Todo lo que deseaba Juanito para sus hijos era que tuvieran una educación y una vida distinta a la suya, así que se empeñó en que se educaran y trabajó como un animal haciendo miles y miles de puertas de formica para las cocinas de media ciudad. Las nenas salieron estudiosas y una se hizo enfermera y otra maestra, pero el chico siempre fue un poco pendón y más bien dado a fumarse unos porros y a salir con los amigotes que a los estudios. En cualquier caso, consiguió sacar su carné de conductor de camiones y tuvo trabajo transportando pescado de los puertos a las ciudades. A Juanito no le gustaba este oficio para su hijo, pero el chico disfrutaba conduciendo el camión a toda velocidad para ser el primero en llegar a los mercados centrales.


        Juanito, ahora el Sr. Juan, se jubiló hace seis años y le quedó una pensión de 1.400 euros. También había ahorrado 18.OOO, y vivía con su mujer en su piso del barrio de siempre. Sus tres vástagos tenían sus empleos, se habían casado y ya contaba con cinco nietos, así que se dispuso a vivir esta etapa de su vida lo más tranquilo posible, practicando sus aficiones: el dominó y ver los partidos de fútbol por televisión. Se sentía feliz.


        La situación actual es la siguiente: la hija maestra se divorció y se ha venido a vivir a casa de sus padres con los dos niños que tiene porque ella sola, trabajando, no puede apañarse. Además, se ha echado un novio ruso, y, de vez en cuando, no viene a dormir, sobre todo los fines de semana, así que el Sr. Juan y su mujer han de encargarse de los nietos. Cada día, él hace la compra, su mujer guisa para todos y vuelven a estar muy liados. Al hijo le han montado un ere en la empresa y lo han echado a la calle. Ya no tiene paro y le ayudan a pagar la hipoteca. No encuentra nada y está con una depre de caballo. A la enfermera también la echaron hace tiempo de una clínica privada y está trabajando en Aberdeen, Escocia, en una residencia de ancianos, y el crío que tiene está aquí con su padre que de vez en cuando se lo deja a ellos para que juegue con sus primos, los de la maestra. Los ahorros han bajado a 5.000 euros.


        Siempre veía al Sr. Juan por la calle lleno de vida y de alegría. Ha cambiado. A su edad, le ha tocado vivir esto de ahora, al pobre.
         
     

     

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