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Enrique Nieto


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  • 09
    Abril
    2012

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    Pintando al Fresco: La familia como refugio

    Lo dice todo el mundo. En reportajes de televisión y en los periódicos se habla de la estructura familiar española como una especie de árnica que está sirviendo para paliar los efectos más duros de la crisis. Como dato de base, este: trescientas mil familias sin ingresos por trabajo activo de ninguno de sus miembros están viviendo de la pensión de algún abuelo o abuela. Hijos e hijas, con o sin sus parejas, con o sin sus hijos, vuelven a casa de sus ancianos padres para tener un techo bajo el cobijarse y una pensión de la que poder vivir, agotado ya en ellos cualquier recurso económico.

     

    Otro dato. Algunos de estos nuevos pobres, cuando eran clase media hace tres o cuatro años, tenían al abuelo o a la abuela en una residencia que se pagaban ellos con su pensión. Actualmente, cada día más hijos sacan a sus padres de esos lugares y se los llevan a sus  casas para poder vivir todos del retiro del progenitor. Algunas asociaciones del gremio de cuidadores de ancianos ya han declarado que se están perdiendo puestos de trabajo ante esta oleada de abuelos que vuelven a vivir con sus hijos.

     

    Sé de algunos de estos casos y es cierto que los tiempos han traído lo que parecen nuevos sistemas de convivencia, pero que, a los que somos mayores, todo esto nos suena a otras épocas, como cuando éramos niños y la familia también era el sostén central de todo el entramado de pobreza que generó la posguerra civil española. Como ahora está ocurriendo, era raro que una familia la compusiera solo un matrimonio y sus hijos. Un mismo hogar era compartido por todas las posibilidades de conjuntos familiares, de varias generaciones o de una solo; es decir: abuelos, padres e hijos, o dos hermanos con sus familias, o un matrimonio con una hermana soltera, o una tía abuela viuda, o dos cuñadas, etc.

     

    En los casos actuales que conozco comienzan a darse situaciones muy parecidas a aquellas, incluso oigo frases  que no había escuchado desde entonces. Las abuelas que ahora mantienen la casa con su pensión han de hacer muchas cuentas a la hora de comprar la comida, los productos de limpieza que necesita esta familia ampliada, y otros gastos generales. Así que, -esta es una de las situaciones en las que se producen esas viejas frases – cuando llegan los recibos de la luz, la anciana le dirá a su hijo: ‘mira qué barbaridad; claro, como te quedas leyendo hasta tan tarde se gasta mucha luz’. O con el del agua y el exceso de duchas, ‘ es que tu mujer se queda dormida debajo del chorro, que para lavarse no hace falta tanto gasto de agua’. Y, como es natural, surgen las desavenencias, los problemas de una convivencia diaria que ya no puede ser nunca como era, por más que, al principio, todos manifiesten su alegría por poder ayudarse, por volver a estar juntos.

     

    Y todo esto con la suerte de haber nacido en España, que mantiene tan vivas las relaciones familiares. En muchos países europeos, y en EEUU, estas situaciones serían muy extrañas. Lo normal por ahí es que a los hijos se les eduque para que se vayan de casa lo antes posible y los regresos con el fracaso bajo el brazo no se comprenden, ni siquiera se aceptan. Al igual que los hijos, una vez independizados, llaman a sus padres o van a verlos alguna vez al año, si van,  los padres se hacen sus propias vidas lejos de ellos y no quieren cambiarlas por nada, y menos empobrecerse y llenarse de obligaciones, a la vejez, como está sucediendo aquí.

     

    Si todo falla, a los españoles siempre nos quedará nuestra familia.

     

     

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