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Enrique Nieto


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  • 25
    Noviembre
    2013

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    Pintando al Fresco: La cerveza prometida

     

    La cerveza prometida

     

    El otro día, voy por la calle. Veo a un ciclista que viene en dirección contraria, me mira, para su bicicleta y se dirige hacia mí. Se quita un gorro que lleva puesto y su cara me resulta ligeramente familiar. Es un joven de alrededor de treinta años. Me habla y lo reconozco como un antiguo alumno: ‘Tenía muchas ganas de verte, porque yo tengo una cuenta pendiente contigo’, me dice. Extrañado, aunque no preocupado porque su expresión es amable, le pregunto: ‘¿Qué cuenta es esa?’ ‘Pues, mira’, me responde, ‘cuando hacía 2º de bachiller tu me diste Inglés. Yo era muy malo en esa asignatura y tú muy exigente, pero, desde el principio vi que te tomaste interés conmigo, que siempre tratabas que comprendiera lo que explicabas y me animabas a intentar aprender. Al final, saqué un 4.5 en el último examen y fui a hablar contigo. Tú le diste vueltas al asunto, pero, al final, me dijiste que, como había empezado sacando un 1 en los primeros controles que había hecho contigo, y me había esforzado, que me aprobabas. Yo te di las gracias, y tú me dijiste bromeando. ‘Nada de gracias, cuando seas mayor y hayas acabado una carrera, un día me tienes que invitar a una cerveza a cambio del medio punto que te he regalado’. Bueno, pues que sepas que yo sí me lo tomé en serio, y que muchas veces me he acordado de esa cerveza que te debía y estoy dispuesto a invitarte ahora mismo, porque ya he acabado la carrera, tengo trabajo, y muchas ganas de charlar un rato contigo’. 

    Les cuento a ustedes esta historia porque a mí me ha hecho pensar. Los profesores, los padres y todos los que tenemos contacto con los jóvenes hacemos y decimos cosas delante de ellos, cuestiones que consideramos intrascendentes, una broma, como la mía de la cerveza, y resulta que a menudo puede quedarse grabada en ellos como si fuera realmente algo importante. El asunto me da un poco de miedo. En casi cuarenta años que he sido profesor, ¿cuántas veces habré dicho algo que se les haya quedado en las mentes de mis alumnos y alumnas, y que todavía lo recuerden? ¿Sería lo que dije algo positivo, o alguna estupidez que se me ocurriera?

    Y es que, si hay un oficio delicado, ese es, sin lugar a dudas, el de profesor. La primera cuestión es, sin duda alguna, la vocación. Las pocas veces que he visto a un compañero que estaba en la enseñanza por ganarse un sueldo, igual que se lo podría ganar en otro sitio, he podido comprobar dos situaciones: que él o ella eran unos desgraciados que se pasaban el día mirando el reloj para ver cuándo se acababa ese martirio, y que los alumnos intuían esa desgana desde que comenzaba el curso y se dedicaban a hacerles la vida imposible. El día a día de un enseñante sin empatía con los jóvenes es un infierno, porque, si ustedes los padres tienen dificultades con un par de hijos adolescentes, ¿qué será de un profesor con 25 o 30 de ellos en una clase? Y lo de los profesores que atienden a los primeros niveles de la enseñanza es todavía, a mi juicio, mucho más complicado. Niños y niñas que lo único que quieren es jugar, como es natural, a su edad. ¿Cómo hacerse con ellos y encima enseñarles a sumar y a restar, a leer y a escribir sus primeras palabras? Yo nunca hubiera sido capaz de enseñar en esos primeros cursos.

    Y, lo fundamental: ¿cómo quedamos cada uno de nosotros en su memoria? ¿Qué dijimos o qué hicimos, aparte de transmitirles algunos conocimientos? Ahora que estoy ya fuera de los Institutos, créanme que, más que por todo el inglés que les pude enseñar, me gustaría que mis alumnos me recordaran con un cierto aprecio personal, como este, un hombre ya, que me quería invitar a esa cerveza que me debía, y que no ha olvidado. 

     

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