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Enrique Nieto


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  • 23
    Junio
    2013

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    Pintando al fresco: Concibiendo poco

    La semana pasada, un antiguo alumno, al que hacía mucho tiempo que no veía, vino a visitarme en mi estudio. Charlamos y le pregunté por su vida y su trayectoria personal. Es ingeniero, está casado y tiene dos hijos de cuatro y dos años. Me extrañó que los niños fuesen tan pequeños puesto que él está ya en los cuarenta y cinco. ‘Mi pareja y yo, que llevamos mucho tiempo juntos, decidimos dedicar el tiempo de la juventud a divertirnos, a viajar, a disfrutar de la buena situación económica que teníamos, y, cuando vimos que se acercaba la edad límite para tener hijos, los hemos tenido’, me explicó. ‘Es una opción que elegimos y de la que estamos contentos’.

     

    Esta actitud de pareja creo que se corresponde con una generación – la de los nacidos ya en los 70 – que tuvo tiempo y posibilidades de organizar su vida antes del estallido de la crisis. Los que vinieron al mundo avanzados los 80 son los que los que están peor ahora y forman ese grupo de más del 50% de los jóvenes actuales sin empleo. Los primeros tienen pocos hijos o los tuvieron tarde porque la buena situación, el posible trabajo de los dos y los afanes de vivir a fondo su estatus les empujaban a no ‘complicarse la vida’ con muchos niños. Los otros, los más jóvenes, ni siquiera se plantean ahora traer un hijo al mundo porque no saben si van a poder sacarlo adelante, dada la precariedad económica en la que se mueven.

     

    Y, como resultado de todo esto, la natalidad ha bajado en España un alarmante 13% desde el 2008, cuando comenzó la recesión, llegando en la actualidad a una media de un 1,32 hijo por mujer. Durante la época de bonanza, aunque se tenían menos niños debido a esa evolución de la sociedad del bienestar, los inmigrantes hicieron subir las estadísticas con su tendencia a crear familias más numerosas. También aportaron y aportan puntos las familias de grupos religiosos que tienen ‘todos los hijos que Dios les manda’, o sea que esta estadística, como tantas otras, es engañosa, porque si hay padres que tienen ocho o diez hijos, o hasta catorce como alguno que ustedes conocen, ¿dónde se queda ese 1,32% del que hablamos?

     

    Y resulta curioso para los que ya llevamos encima una larga vida cómo ha ido evolucionando el tema de concepción. Incluso en mi generación –casi todos pertenecientes a una familia numerosa y normalmente nacidos en la pobreza – se puso pronto de moda lo de tener ‘la parejita’. En los setenta, trabajé en un instituto donde éramos ciento veinte profesores, de los cuales solo dos teníamos cuatro hijos, - los más prolíficos - y el resto, unos pocos, tres, y los demás dos, uno o ninguno. En general, todos nos casábamos jóvenes – yo tenía tres hijos antes de cumplir los veintiocho años-  (luego vino el cuarto) y dedicábamos nuestra juventud a criarlos y a trabajar de lo lindo. La primera vez que mi mujer y yo viajamos sin niños ocurrió seis años después de casarnos, pero todo aquello nos parecía natural y estupendo. Era otra forma de entender la convivencia, la familia, la vida.

     

    Ahora está por ver cómo se refleja en el futuro esta época de recortes, qué pasará con los índices de natalidad, cuántos chicos y chicas dirán: ‘yo nací durante el gobierno de Rajoy’. Me temo lo peor. Si han quitado las ganas de hacer el amor (la estadística también nos dice que las personas con problemas económicos lo hacen mucho menos) ¿Cómo no nos van a quitar las ganas de concebir?

     

     

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