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Enrique Nieto


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  • 24
    Abril
    2012

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    Pintando al fresco: Como desnudos, sin él

      Quizás la mayor seña de identidad del ser humano de hoy en día sea el teléfono móvil – bueno, o el i phon, o el smart, o el que sea -. Si un alienígena aterrizara en este planeta perdido en la inmensidad del universo, y tuviera que enviar a su nave nodriza un informe sobre los habitantes de la Tierra, sin la menor duda diría que somos unos seres con una cabeza, dos piernas, dos brazos, etc. que llevamos un teléfono móvil en la mano, que hablamos continuamente por él, o enviamos mensajes, o los recibimos y los leemos, estemos donde estemos, con quien estemos, o haciendo lo que estemos haciendo, además. 

     

    Los de mi generación hemos vivido esta historia desde el principio, es decir, hemos sido testigos del advenimiento del teléfono móvil, desde la más absoluta rusticidad, hasta la sofisticación del último ladrillo conectado a Internet con los servicios disponibles desparramándose por la pantalla. Hace años, no tantos como puede parecer, el padre de unos amigos se puso enfermo. Sufría un síndrome extraño por el que, de un modo inesperado, en cualquier momento comenzaba a perder la lucidez, a encontrarse perdido donde estuviera e incapaz de recordar quién era o qué estaba haciendo allí. Estos ataques se producían de tarde en tarde y él quería seguir teniendo la actividad que desarrollaba, así que sus hijos, que eran gente acomodada, decidieron conseguirle un teléfono inalámbrico que llevara siempre encima y con el que pudiera avisar cuando comenzara a sentir los primeros síntomas de su problema.

     

    Un día, vi al padre de mis amigos por la calle. Efectivamente, llevaba un teléfono móvil a la cintura. Era un aparato bastante grande que probablemente ustedes hayan visto en alguna película de guerra, pues era uno de esos que usaban los militares para pedir refuerzos urgentes desde la trinchera. El teléfono disponía de una antena plegable de al menos un metro y se podía comunicar con un receptor que estaba en su casa, así que, si se sentía mal, podía avisar. El último dato que les daré es su precio. Les había costado trescientas mil pesetas, que los hijos habían pagado a escote para conseguir la tranquilidad de su progenitor, por más que, por la calle, el padre pareciera un miembro del comando G.

     

    De este hecho podemos pasar a la actualidad, en la que tu puedes estar charlando con alguien de cine, nombrar a Silvana Mangano y, de pronto, oir ‘ya viene el negro zumbón, bailando alegre el bayón’, saliendo de la pantalla del teléfono de otro contertuliano que acaba de conectarse, vía satélite, con la película ‘Ana’, es decir, con el pasado más remoto. Y, con el futuro, igual. Pero lo más extraño de todo esto es el grado de identificación de las personas con sus teléfonos, cómo es que, sin ellos, muchos no son nada.

     

    Y las preguntas que me hago son estas: ¿Cómo podíamos vivir antes? ¿Qué era de nosotros sin andar por la calle mirando el móvil o dándole a la tecla? ¿Cómo era posible que llegáramos a casa sin haber llamado antes para decir: ‘voy para allá’? ¿Cómo un nene, o una nena, podía vivir sin saber nada de sus amigos hasta que se veían por la tarde en el parque? ¿Qué significa que yo antes supiera de memoria un montón de números de teléfono y ahora no recuerde ninguno pues solo tengo que apretar la tecla? ¿Por qué una amiga me dijo que un día se olvidó el móvil en su casa y, hasta que se lo trajeron al trabajo, tuvo todo el tiempo una sensación muy parecida a la de no llevar bragas?

     

     

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