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Enrique Nieto


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  • 16
    Junio
    2014

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    Pintando al Fresco: Bocados de realidad

        Aquí, en esta Región, si alguien se asoma a la plaza de las Flores de Murcia, un sábado, o al puerto de Cartagena, una mañana, con un crucero atracado en el muelle del que salen centenares de turistas, o a un restaurante de Cabo de Palos, un domingo, con sus mesas llenas de gente que come arroces y pescado, etc., etc., puede llevarse la impresión de que esta es una Comunidad Autónoma donde la gente vive bien. Pero, luego, esta semana, se publica la Encuesta de Condiciones de Vida de los españoles y resulta que sus cifras con respecto a Murcia son sobrecogedoras. Más de la cuarta parte de los seres humanos que viven aquí se hallan bajo el umbral de la pobreza.


        ¿Y qué quiere decir esto? Pues que todas esas personas no pueden comer pollo o pescado ni siquiera cada dos días, no pueden tener una lavadora o algo de calefacción, no puede arreglar lo que se les estropee de un modo imprevisto: el coche, el frigo, o lo que sea; no les es posible llevar al día los pagos pendientes, como la hipoteca, o solo tienen empleo la quinta parte del año, o no pueden llegar a fin de mes con sus ingresos, entre otros factores que intervienen en el estudio. El 63% de los murcianos no se va de vacaciones, el 53% no tiene dinero para imprevistos, el 25 % tiene dinero suficiente para dar de comer a su familia todo el mes. Y así sucesivamente.


        Pero hay un escalón aún más bajo, y ahí está la pobreza extrema. El otro día, hablaba con un amigo que está muy implicado en instituciones que se dedican a ayudar a la gente de este apartado, y me contó un bocado de realidad: una mujer joven, con un bebé de meses, vive sola en Murcia. No tiene ningún ingreso, ni familia, ni pareja.

    La institución le está proporcionando alimentos para ella y para el bebé, pero la semana pasada la mujer le planteó el siguiente problema: no dispone de electricidad ni de butano en el cuchitril donde vive. Durante el día, los vecinos le permiten calentar el biberón del niño en sus cocinas, pero, cuando se despierta por la noche, no puede llamar a sus puertas y despertarlos, y ha de dárselo frío. Planteaba si podrían conseguirle algún tipo de artilugio que le sirviera para calentar los biberones.


        Hay un instituto en Murcia ciudad (quizás haya otros) cuyos profesores han creado una Plataforma Solidaria.

    Hacen rifas, mercadillos, ponen dinero y con esto van cubriendo las necesidades más urgentes que detectan en los alumnos. Pagan bocadillos a los que no pueden traerlos de casa, compran unas zapatillas a un chico que las lleva rotas, un par de camisetas a una chica que siempre usa la misma, recogen libros usados y se los dan a quien no puede comprarlos, es decir, tratan de no pasar de largo ante lo que están viendo todos los días en sus aulas. Y no les pongo más ejemplos, que ustedes conocerán tantos como yo de esta asquerosa situación que vivimos.


        Pero sí quiero decirles que los de mi generación somos los más impresionados por esta situación a la que nos ha abocado la crisis y su manera de gestionarla por parte de los políticos europeos, que han propuesto las medidas que nos han llevado a ella, y por la de los españoles que las han obedecido ciegamente. Y digo esto porque nosotros vivimos cosas parecidas en los años de los cuarenta y cincuenta del siglo pasado en nuestras enjutas carnes y en las de los demás. Eso de que un vecino permitiera a otro hacer la comida en su casa porque no tenía carbón para encender el fuego en la suya, ni dinero para comprarlo, lo he visto yo. Como he visto que alguien rompiera una silla del comedor con un hacha en la puerta de su casa para poder encender el fuego y hacer la comida, o a ciegos, cojos o mancos sin más ingresos que pedir limosna en la calle (‘Dame una limosna, por caridad, que soy una cieguecica y no me lo puedo ganar’, se oía). Gente que dormía con una manta de borra encima, y sobre ella, su abrigo, un mantel, cualquier cosa que pudiera darle calor en una casa donde la palabra calefacción no se sabía lo que significaba. Y gente descalza por la calle, con hambre de todo: de comida, de justicia social, de que la política y la sociedad le ofrecieran alguna oportunidad de mejorar sus vida.
        Y nosotros creíamos que nunca volveríamos a ver estas realidades. Qué pena, coño, qué pena.
     

     

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