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Enrique Nieto


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  • 21
    Febrero
    2014

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    Pintando al Fresco: Autónomos

        El otro día, en uno de sus chistes, Forges dibujaba la consulta de un psiquiatra, que, sentado en su sillón, escucha a un paciente. Pero este, en vez de estar tumbado en el sofá, se encuentra debajo de él, retorcido su cuerpo y con una cara de loco tremenda. El enfermo pregunta: ‘¿Qué me pasa doctor?’ Y el médico le responde: ‘Que es usted un autónomo’.


         Efectivamente, un autónomo, en España, es una persona agobiada, a menudo, fuera de sus casillas. En apariencia, la palabra ‘autónomo’ expresa un término positivo porque define a un ser humano que no tiene jefe, que se vale por sí mismo, pero la realidad es que estos hombres y mujeres que contamos por millones en nuestro país son, hoy en día, seres angustiados pendientes de mil cuestiones de las que depende su economía, casi siempre precaria, sin que ningún gobierno haya tenido las suficientes narices para cambiar una situación a todas luces sangrante.


        Los autónomos han de pagar un mínimo de 254 euros mensuales para poder ejercer. Muchos de ellos tienen  trabajos parciales o no fijos, así que unos meses ganan más y otros menos. A menudo, quitarle a lo que obtienen esa cantidad les resulta muy penoso, y he oído varias veces frases como esta:’Este mes me he sacado cuatrocientos euros. Fíjate lo que me va a quedar cuando pague los impuestos’. Es completamente absurdo que tengan que pagar esa cantidad solo por ‘ser’ autónomo. Además, en la mayoría de países avanzados – casi todos los de la Unión Europea – un autónomo comienza a pagar impuestos cuando su facturación llega a un nivel mínimo, es decir, que mientras que no tiene ganancias considerables, no paga nada.


        Otro tema que los trae de cabeza es la baja por enfermedad. Cuando se produce, les corresponde una pensión de alrededor de quinientos euros, pero han de seguir pagando su cuota mensual, así que le quedan doscientos para vivir. Hace poco operaron de una rodilla a un autónomo amigo. Iba con muletas y necesitaba rehabilitación, pero acudió al médico a que le diera el alta. El doctor le dijo que así no podía trabajar, pero él insistió en ello: ‘Tengo tres hijos, y con esos doscientos euros, a ver qué hago’, y se reincorporó a su trabajo.


        Curiosamente, un autónomo puede contratar a alguien creando su pequeña empresa, y, entonces, ese empleado tendrá derecho a paro cuando se le despida. Pero el autónomo no. Si se da de baja como tal, pasará al limbo de los desocupados sin derecho a ninguna ayuda o prestación, aunque haya pagado sus impuestos religiosamente.


        Otra historia de la que se habla menos es el tremendo daño que les hace la economía sumergida. Un autónomo de cualquier oficio o profesión ve cada día cómo pierde una opción de trabajo sencillamente porque alguien que no está dado de alta, que no tiene que pagar impuestos y que no cobra el IVA a sus clientes se lo quita. Y lo ve allí, haciendo la tarea por la que ha dado un presupuesto unos días antes. Pero claro está, él no puede competir con alguien que lo único que busca es que le paguen en negro lo que sea para poder sobrevivir. Y casi todos nos hacemos el tonto porque esto de la economía sumergida es algo que qué le vamos a hacer: ellos se ganan la vida y a los empleadores nos cuesta más barato, pero para los autónomos es un verdadero desastre.


        ¿Hablamos de tener que pagar el IVA de una factura presentada pero aún sin cobrar? En fin, el cuento de nunca acabar. Y ahora, ¿es que esto que escribo aquí no lo saben los que gobiernan? Es todo tan sangrante que muchos autónomos van por ahí, como en el chiste de Forges, medio locos. Pero ellos, los que tienen el poder, están en otras cosas. La madre Ana.
     

     

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