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Enrique Nieto


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  • 24
    Abril
    2012

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    Pintando al Fresco: A peor

      En el año del catapún, cuando yo comencé mi carrera como profesor, solíamos tener en clase un número indeterminado de alumnos, y digo indeterminado porque la cantidad respondía a un único hecho: el total de chicos y chicas que se matricularan en ese curso, ese año. Al estar en un colegio privado, cada alumno suponía un ingreso mensual, y, como ustedes pueden pensar, nadie se iba a cortar por la idea de que cuarenta y tantos alumnos por aula era quizás algo exagerado para poder enseñar, en mi caso, un idioma extranjero. Lo que importaba es que, a más alumnos, más dinero y mejor negocio para los accionistas de aquel colegio.

     

    A lo largo de los siguientes años, la idea de que, con menos alumnos en el aula, se enseñaba mejor caló en la sociedad. El seguimiento lo más personalizado posible de los estudios de los  chicos y las chicas claramente daba mejores resultados. La posibilidad de dedicar un cierto tiempo tanto a los más brillantes para que desarrollaran todas sus capacidades, como a los que necesitaban un ritmo más lento para llegar a un nivel medio se impuso en las aulas, y, si no había muchos alumnos, este proyecto era posible. 

     

    En cuanto a los idiomas, muchos de los profesores de inglés o francés de los institutos incorporamos las destrezas orales en el funcionamiento de nuestras clases, llegando incluso a conseguir en algunos centros que, una hora a la semana, pudiéramos dividir el grupo en dos subgrupos para llevar a cabo ejercicios de conversación con los chicos y chicas. Por todas partes nos llegaban informes y noticias sobre la capacidad de los estudiantes europeos para entenderse en inglés, mientras que los nuestros sabían bastante gramática y vocabulario, pero apenas podían comunicarse cuando salían de España por falta de práctica. Muchos de los profesores de esta materia tomamos con el máximo interés la idea de que esto cambiara, pero, claro está, conseguir destrezas en la comprensión y expresión oral de un idioma necesita atención personalizada, es decir: si yo tengo cuarenta alumnos en un aula y le pregunto al primero: ‘What’s your name?’, cuando llego al último han pasado dos días y dos noches y eso sirve para poco.

     

    Pero es que, además, no se pueden ustedes imaginar lo bien que recibían  los alumnos estas prácticas de lengua hablada, porque les veían el provecho de inmediato. Dedicar un tiempo de clase a desmenuzar una canción de moda haciéndoles ver que, además de ese ritmo que les gusta hay una letra interesante detrás era para ellos muy motivador y se conseguía que se les sensibilizara la oreja, aunque deba insistir en los mismo: eso solo es posible y efectivo con un grupo no muy grande de alumnos en el aula, con profesores de apoyo que colaboren en el desarrollo de los que lo necesiten y con una enseñanza lo más personalizada posible.

     

    Y, como alguno ya habrá sospechado, escribo esto para que quede claro que ese veinte por ciento más de alumnos por aula que quiere el Gobierno significa un cambio importante, y que la falta de profesores de apoyo también significa algo: que la enseñanza será peor, sencillamente eso: peor, independientemente de lo que supone echar a miles de profesores interinos a la calle, que eso es un dolor.

     

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