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Enrique Nieto


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  • 13
    Mayo
    2014

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    Crónica de un instante: Horror

        Las naciones europeas – a ver si les suena – mantienen unidos a diversos pueblos bajo una misma bandera, y quien dice bandera, dice un gobierno, una constitución, unas leyes comunes para todos. Esos grupos pueden tener una gran personalidad propia, una religión distinta, un idioma diferente, pero son capaces de convivir juntos sin grandes problemas durante largos periodos de tiempo. En algún momento – a ver si les suena – los políticos que los lideran piensan que sería bueno para ellos exacerbar esas diferencias porque podrían proporcionarle más poder, y, sin medir las consecuencias de sus acciones, despiertan los leones dormidos de los odios entre religiones, de las viejas enemistades entre vecinos, de los nacionalismos extremos. Y el horror aparece.


        En Ucrania, está ocurriendo algo así ahora mismo, una de esas historias que nadie sabe cómo va a acabar, donde ya se cuentan varias decenas de muertos. Y en la antigua Yugoslavia –justo ahí cerca, enfrente de Venecia – ocurrió  en 1995. Esta fotografía del horror fue tomada el mes pasado en el cementerio de Potocari. La mujer que se cubre el rostro destrozada por el dolor se llama Mejra Dzogaz, y perdió a sus tres hijos, a su padre y a su marido en la matanza de Srebrenica, donde los rebeldes serbios, al mando del general Ratko Mladic, fusilaron a 8.000 hombres, adolescentes y niños musulmanes bosnios. Incomprensiblemente, este genocidio se llevó a cabo cuando una división de la ONU compuesta por soldados holandeses ocupaba esa zona, que ellos habían considerado ya como segura.


        La convivencia entre seres humanos de distintas sensibilidades siempre es difícil, pero puede mantenerse a base de comprensión, de respeto mutuo, de autonomía para desarrollar sus identidades y de diálogo continuado entre los poderes políticos. Hace poco estuve en el Rosellón francés. Percibí por todas partes una gran dosis de nacionalismo catalán – banderas, carteles de ‘se habla catalán’, cocina autóctona – e incluso me dijeron los ciudadanos de allí que muchos de ellos no se consideran franceses ni, por supuesto, españoles, sino catalanes.

    Pero viven tranquilamente, con sus costumbres y su idioma. Aquí, a ciertos políticos les ha dado por exacerbar sentimientos independentistas sin tener en cuenta que esas cosas se sabe cómo comienzan, pero nadie conoce su desarrollo, ni su final.


        Que Dios nos libre de generales puestos en salvar un país, y también de políticos que quieren distraer a la gente de los verdaderos problemas sociales que han creado con su gestión. Y de los que se niegan a dialogar para buscar soluciones. Que Dios nos libre de todos ellos.
       
       
     

     

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