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Enrique Nieto


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  • 07
    Octubre
    2013

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    Crónica de un instante: Historia

        En un rastrillo dominical, un hombre vende historia. Una serie de objetos muy seleccionados han llegado hoy a este puesto, limpios y relucientes, esperando al cliente que quiera llevárselos a su casa. Los hay para varias religiones: unas diosas indias y la Virgen de Monserrat, en su pequeña cápsula de cristal, pueden satisfacer distintas devociones. Personalmente, nunca he sido partidario de poner en mi casa objetos y representaciones de religiones exóticas, pero sé que hay a quienes les gustan, y puedes encontrarte, cuando vas de visita a un hogar amigo, un buda de medio metro, o una diosa de la fertilidad con dos tetas enormes que compraron en un viaje al África subsahariana. .
     

        Otros objetos presentes sí forman parte de mi historia. El peso y su juego de pesas me resultan hasta conmovedores, pues, aunque era pequeño, yo he ido a comprar azúcar a la tienda y me la han pesado en ese artilugio que apenas asoma por la izquierda de la fotografía. Bien es verdad que, a veces, no había azúcar a la venta, y entonces tenía que ir a casa del estraperlista, que era un señor, o una señora, que, nadie sabía por qué, tenía bula de las autoridades para vender azúcar, cuando no había azúcar. Con mis ojos de niño veía asombrado lo bien que vivían estas personas, las buenas casas que tenían, cuando la mayoría de la población española estábamos pasando más hambre que un maestro de escuela.
     

        También me resulta familiar la corneta que se vislumbra a la derecha. Es igual que la que utilizaban para tocar diana y otras órdenes cuando hice la mili. Qué años (dos, que yo hice dos añitos) aquellos, cuando, a las seis de la mañana, tocaban ese instrumento para que te levantaras del catre en el Cuartel de Instrucción y salieras pitando, con las legañas puestas, a aprender a llevar el paso: un, dos; un dos, mientras que algún mando te largaba una bofetada. Qué bonitos recuerdos, por favor.
     

        Si tuviera que elegir un objeto de los expuestos, compraría una de las fuentes de cerámica, porque mi madre, cuando hacía cocido, nos ponía la sopa, y, en una fuente como esas, colocaba en el centro de la mesa los garbanzos y el companaje: el tocino, el chorizo y la poca carne, todo partido en cuatro trozos, uno para cada uno de los cuatro hijos que éramos. Mi padre no comía en casa, y ella nunca se servía de eso. Era para nosotros, los niños, que lo necesitábamos más que ella. Decía.
     

     

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