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Enrique Nieto


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  • 16
    Junio
    2014

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    Crónica de un instante: El césped

            
        El verano ha llegado, y ya hay gente bañándose en las playas los fines de semana. Pero todavía no hay vacaciones y, en esta Región, los que viven cerca del mar, desde San Pedro hasta Águilas, notan el calor que comienza a apretar, pero menos. Sin embargo, hay ciudades y pueblos del interior donde ya, a mediodía y en la siesta, la cosa se pone a más de 30 grados y el personal comienza a resoplar, a buscar la sombra, a caminar por las calles más estrechas que inventaron los árabes cuando vivieron por aquí.


        Otra opción es descansar un rato, sentado en un banco de un parque, bajo la sombra de los árboles. Tumbarse en el césped no ha sido costumbre en nuestras tierras, y, sin embargo, es absolutamente corriente en EE.UU., en Inglaterra o en Alemania, donde te ves al personal haciendo un  picnic en un pedacito de verde que hay cerca de su casa, o en un gran parque en el centro de la ciudad. Allí hay hombres con corbata y chicas en topless, familias completas con los críos revolcándose por la yerba y parejas que ocupan muy poco espacio porque uno está encima y otro está debajo.


        Sin embargo, hasta hace poco, aquí podíamos leer carteles que decían: ‘Prohibido pisar el césped’, y, aún cuando estaba permitido, no era posible ver a un señor, puesto de traje, sentado en el césped de una plaza situada en el centro de una ciudad comiéndose un bocadillo. Con la llegada de los inmigrantes sudamericanos este hecho cambió, pues comenzamos a observar, no sin cierto asombro, que ellos y ellas, los domingos, cuando salían a pasear,  acababan tumbados en la yerba verde de los parques y jardines, unos refocilándose, y otros no.


        En la fotografía podemos ver a varias personas tumbadas sobre este césped, tan birria, tan mal cuidado, lleno de calvas que, estoy seguro, llenará de vergüenza al concejal de parques y jardines de la ciudad, que pensará  ‘¿por qué no habrán tomado la foto en la plaza de enfrente del despacho del alcalde donde el jardín está impecable?’ Ya sé, ya sé que esto no parece Hyde Park, pero este es un césped generoso, que ofrece sombra mullida a los que parecen no tener  otro sitio donde ir, y a los que sí parecen tenerlo. Y eso me gusta.
     

     

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