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Enrique Nieto


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  • 17
    Octubre
    2014

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    Crónica de un instante: Detestables

        Como pueden ustedes ver en esta fotografía, los chicos del spray no se cortan un pelo. En el mismísimo coche de la policía local de Cartagena, uno de ellos ha plantado su asqueroso sello, porque de eso se trata, de asquerosidades y de sellos personales. Y no importa el lugar donde se estampa, porque lo mismo puede ser sobre una piedra que lleve trescientos años en el muro de una catedral, que en el cristal del escaparate de una tienda, o ya, echándole a la cosa valor, un valor de idiota, marranear el coche de la policía.


        Y acaban de detener a un grupo de estos detestables individuos en Madrid. Se dedicaban a parar trenes tirando del freno de emergencia en un lugar del trayecto donde esperaban otros secuaces. Inmediatamente se ponían a pintar el tren hasta que volvía a arrancar. Total, 160 vagones pintados y 600.000 euros gastados en limpiarlos. En las ciudades, en las nuestras, ya materialmente no queda un espacio en el que no veas una de estas marcas hechas con spray, que yo me niego a llamar graffiti, porque eso es algo completamente distinto. Algún grafitero amigo tengo en esta Región. Es gente que pinta en muros donde les autorizan a pintar, y, a veces, incluso les encargan trabajos para paredes exteriores en empresas que quieren poner una nota de color en las fachadas de sus sedes. Estos hacen arte, un arte urbano que ha llegado a la altura de mito en algunos autores. Basquiat hizo graffiti, y ahí están los artistas de este modo de expresión, como Shepard Fairey, o el misterioso Bansky, o Gualicho, conocidos en todo el mundo.


        Pero lo de estos muchachos – creo que todos son chicos – es otra cosa. Se trata de dejar su nombre, o su ‘nick’ en cualquier sitio dándole a las ciudades un aire de suciedad absolutamente insoportable. Cada vez que veo a un empleado/a de una tienda, por la mañana, tratando de limpiar una de esas firmas del cristal del escaparate, me indigno, como les ocurre a ellos y a cualquiera. De vez en cuando, los ayuntamientos hacen una limpieza general que cuesta una pasta, pero, al poco, vuelven a aparecer las pintadas. Parece una batalla perdida, de momento.
        Los botes de colores deben estar en las casas de estos chicos, o en sus bolsas o carteras. Quizás si los padres se sensibilizaran, vigilaran el tema y trataran de que sus hijos no hicieran estas barbaridades, la cuestión mejoraría.
       
     

     

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